jueves, 18 de octubre de 2018

La calle es mía




Tan solo nos asomamos por encima de la baranda del paso a desnivel de Garibaldi, la serpiente multicolor que reptaba lenta desde la Plaza de las Tres Culturas, se nos presentó. Un autobús equipado con altavoces era lo que más destacaba en la primera impresión, cual elefante de algún ejército perdido de la antigüedad llevaba estandartes con consignas en sus costados que apenas dejaban ver su carrocería blanca. Y luego, la vista se dirigía casi de inmediato en los protagonistas, la gente que caminaba, el pueblo que cantaba, la masa que había tomado la calle.
Un abuelo que vestía una camisa negra con el rostro del Che Guevara impreso, cargaba sobre sus hombros a quién quizás era su nieta, una niña de no más de diez años de edad que a su vez vestía una blusa de color rosa, llevaba el cabello lacio impecablemente peinado y portaba una medalla al cuello, quizás algún premio escolar recibido esa misma mañana. El abuelo tenía el talante reservado, su quijada recta, la nariz encorvada y su mirada al frente; la niña iba con los ojos bien abiertos y parecía sumergida en una aventura. Esa fue la primera estampa que se nos reveló de la serpiente caminante, una celebración a la memoria, abuelo y nieta caminaban juntos como comprobación de que no se había olvidado y que no se iba a perdonar jamás.
Los reporteros gráficos descargaban sus cámaras en un intento por registrarlo todo: los pasos, los rostros, los rótulos, las sonrisas y los ojos vidriosos ocasionados quizás por el asalto de algún recuerdo de hacía cincuenta años. Clic tras clic emitían las réflex sin angustia, divinas ventajas de la era digital, y sus dueños que se esforzaban por no estorbar el paso de aquella cabeza de movilización. Algunos llevaban al cuello gafetes que te advertían que eran parte de la prensa formal, otros no llevaban esas credenciales y se podía pensar lo que fuera de ellos.
Entre la primera columna, marchaba un hombre de aspecto sexagenario que solo vestía unos vaqueros y una pulcra camiseta en color blanco sin leyendas ni estampados. Pero ese hombre, que en cualquier día te hubiera parecido un extra más de la obra que montaba la rutina en la Ciudad de México, llevaba el brazo levantado y con sus dedos formaba la “V” de la victoria, señal particular del movimiento del 68 que nos recordaba que no todo había resultado en tragedia, que el triunfo vino con esos estudiantes y se instaló en este país de diferentes formas; que también la lucha sigue, que no ha concluido, que hay todavía pugnas por ganarle a la explotación, la miseria y el abuso. La “V” de la victoria, tan vigente como ayer y tan necesaria hoy en día avanzaba sobre el asfalto de la calle.
El tropel que iba al frente de la serpiente estaba lleno mujeres con el cabello blanco y hombres con la calva al viento; el caminar tranquilo y los pliegues de la piel en las manos y el rostro de esos protagonistas patentizaban que lo del 68 nadie se los había contado, que ellos lo habían experimentado en carne viva. Algunos rostros eran conocidos, quizás porque se los había visto en algunos documentales sobre el movimiento estudiantil; pero anónimos o famosos, el porte de esos caminantes generaba tenerles el máximo de respeto que un alma joven puede dar. Los que observaban desde la alzapié de la avenida saludaban solemnemente a los que caminaban, el gesto era correspondido y así, dos generaciones, tres generaciones, no sé cuántas, se fundían en un solo sentimiento al que no puedo dar solo una sola palabra para describir en síntesis… memoria, conmemoración, no olvidar, recordar bien, no dar perdón, no ceder. Las insignias se reconocían hasta de muy lejos, proliferaban las de la UNAM y el IPN, sus exalumnos avanzaban juntos otra vez.
Una mujer de cuerpo robusto que llevaba tenis, vaqueros y una chaqueta con rótulos de la Ruta 66 famosa por las leyendas y canciones de rock, transportaba un pequeño paraguas atado a su muñeca derecha por un cordón, en una bolsa de su camisa cargaba una bebida de esas rehidratantes para deportistas; la maraña de cabello teñida de castaño muy oscuro la lleva a atada en un chongo de esos que hasta con una pluma Bic se sostienen por horas y horas sin que un solo cabello escape, sus pómulos amplios acentuaban su tranquilidad y su caminar calmoso. Sostenía una pancarta que acusaba al Estado de asesino “Gobierno farsante, tú que matas estudiantes…” y ese ritmo moroso al marchar demostraba que se guardaba las fuerzas, que iba lento porque el camino era largo; se notaba la mucha experiencia de lucha en esa alma.
A otros parecía que el paso del gentío los había sorprendido en la mitad de su inercia y por alguna razón habían decidido unirse, quizás ese era el caso de la muchacha que caminaba entre la turba en compañía de su perro, un criollo de tamaño mediano que, con correa al cuello, iba al paso de su dueña. Por un momento, mujer y can hicieron una pausa, el perro apenas si tardó en defecar y la muchacha sacó de la bolsa de su pantalón un saquito con el que cogió las heces de su acompañante canino. Y presto, continuaron su paso dentro de la serpiente.
Las sombrillas delataban a los pocos precavidos que esperaban la lluvia o los rayos de sol implacables. Muchos portaban un sombrero o una visera que les protegiera la cabeza. Otros exponían la piel cobriza de rostro, brazos, y en algunos casos hasta la de los hombros, a los rayos del sol como si de una mañana en Acapulco antes del narco se tratara. Eso sí, zapatos cómodos por todas partes, solo a algún escapista del mundo godín se le había hecho imposible librarse de los zapatos de vestir. Un muchacho de corte de cabello en casquete corto, piel mulata y que vestía una camisa negra, suéter de lana verde y una arracada en la oreja derecha, llevaba un tenis de la palomita en el pie derecho y un zapato negro genérico del otro, dos zapatos que no hacían juego. Había pocas faldas, casi todas las féminas vestíamos vaqueros y blusa, como para que fuera claro que el 68 había dejado también su marca en la moda y en lo que a una le diera la regalada gana vestir. Las señoras de la concentración se distinguían por las prendas más casuales y los estampados; las más jóvenes por colores más neutros y la sencillez de sus trapos entre los que abundaban las chamarras de mezclilla, los paliacates y los suéteres ligeros. Zapatillas… ni pensarlo. Tampoco había hombres de saco y corbata, o al menos, los que debían haberlos llevado durante la mañana, se habían despojado de estos. Destacaban las mujeres que se habían teñido el cabello en colores extraños como el verde, el rosa o el morado, tonos que habrían sido la pesadilla de las buenas costumbres en 1968; también destacaban aquellos que se cubrían el rostro de manera parcial o completa o los pocos punks que se dejaron ver. Una mujer de mediana edad sorprendía a la vista pues portaba uno de esos blusones que se les habían visto a las edecanes durante los Juegos Olímpicos de 1968, portaba aquella manta con elegancia pero un misterio se abría a la mente de quienes la observábamos, cómo es que tenía una prenda como esa.
De manera periférica, como moscas que habían encontrado cadáver, estaban los vendedores de banderitas. Había de la que se pidiera, las de rigor: IPN y UNAM, en mil variedades y las de la UAM también en numerosos diseños. Una de las más exitosas fue la de la paloma de los Juegos Olímpicos en color rojo o la de la bandera de México en color negro y blanco. Las camisetas con el número 68 estaban en oferta y se vendían tanto como las camisetas del Che o las de Emiliano Zapata. El comercio caminante también ofrecía la botella de agua, las alegrías, los chicharrones, las paletas chupa-pop, los cigarros de la marca de preferencia, las pastillas para abrir la garganta y las lunetas de chocolate. Un muchacho montado en un triciclo de carga circulaba entre la muchedumbre, no lleva encendido el altavoz que, de forma inconfundible hubiera anunciado el producto que ofrecía, pero una pancarta era suficiente: tamales oaxaqueños.
Otro hombre ofrecía tepache que transporta en un barril de madera atado a un “diablito” y servía la bebida en vasos de plástico de esos que generalmente se usan para contener litros de cerveza. A unos metros apenas del tepache, en otros carritos, se vendían jicaletas y plátanos fritos. Un señor con una camiseta del equipo de los Pumas, de esas azules con el logo del puma dorado en el pecho (además del patrocinador de la escuadra), aprovecha para hacer una escala en la caminata y comer algo. Una vendedora de paletas de hielo demostraba que hacer dos cosas a la vez era más que posible, al tiempo que regresaba el cambio por una paleta vendida ondeaba la bandera de la paloma de la paz herida de muerte, vendedora consiente vende y se une al contingente.
Periféricos también al cuerpo principal de la marcha iban los pinta paredes. Bote en mano, algunos con la precaución del paliacate para ocultar el rostro, escribían diestramente recados sobre los muros recios del paso peatonal de Garibaldi. Uno de esos tipos, aproximadamente de unos treinta años, camisa de manga larga y que no evitaba mostrar su rostro, escribió sobre el muro gris “2 de octubre hay mucho que protes…” con una lata de pintura en azul cobalto. Una niña de aproximadamente doce años y que vestía el uniforme deportivo de su colegio, lo observaba rayar ese muro. El pinta paredes se detuvo un momento al escribir la palabra “protestar” pues, al parecer, se sintió observado, se acercó hasta la pequeña sin terminar la frase, le dijo algunas palabras que, por la distancia, no escuchamos y le ofreció la lata a la adolescente. La niña tomó el aerosol y terminó, no sin cierta duda, el trabajo; escribió: “…testar”. Un chavo más joven, de aspecto más cercano al estereotipo del grafitero de raza, se acercó a dar más consejos sobre cómo mejorar el trazo de aquellas letras. Cuando la niña hacía la pinta, al menos cuatro o cinco personas se acercaron a filmar o fotografiar aquello, cuando una niña de esa edad desaparece en este país nadie, aparte de su familia, sale a buscarla. Por la pared nadie se aflija, la limpiarán.
Con el paso de los minutos y de los marchantes, la horda se diversificaba. Una mujer llevaba una camiseta con el número 68 impreso en el frente, las letras tenían el estilo tipográfico de las olimpiadas de ese año, evento que sirvió para lavar la sangre de las escalinatas de la plaza. Sin embargo, esas olimpiadas también habían dejado legados ejemplares a tono con los días en los que se desarrollaban, como el saludo del Poder Negro durante la entrega de medallas de la prueba de los 200 metros planos, con los estadounidenses Tommie Smith, John Carlos y su aliado blanco, el australiano Peter Norman quien comparó la segregación racial presente en los Estados Unidos con la que en su país vivían los aborígenes australianos. Fue la última competencia oficial de esos tres hombres; por ese acto valiente los expulsaron del deporte que para ellos era la vida misma. Y la caminata estaba llena de leyendas y números con el alfabeto de esas olimpiadas, no faltó la paloma de la paz herida por bayoneta y para esa hora, circulaba por redes sociales, la imagen de la gráfica del metro Tlatelolco (diseñada por la misma gente que diseñó la gráfica de la olimpiada) de la línea tres intervenida con hilos de sangre que brotaban desde tres orificios de bala.
Más atrás, el Che Guevara cedía un poco de espacio a las máscaras de Guy Fawkes, el número 68 convivía con el 43, pero lo anterior ocurría sin perder los tonos en guinda, blanco, azul y oro. Luego, como para romper la simpleza y recordarnos que muchos mundos son posibles, los girones multicolores del movimiento gay se sumaban al paisaje. Una bandera negra con el símbolo del anarquismo desfila entre aquellas multicolores y entonces apareció la reina de las banderas, por su tamaño, diseño y belleza, era la de la Federación de Estudiantes Socialistas, un enorme lienzo en color rojo con un puño, el nombre de la organización y las palabras de “libertad”, “juventud” y “venceremos” en color negro, ocupaba todo lo ancho del eje vial y era extendida por varios jóvenes, casi todos ellos hombres.
De empuesta a esa mezcla, emanaba por la boca del paso a desnivel de Garibaldi, el paso severo y la voz afanosa de las normales rurales, particularmente de esa que hoy da nombre a toda una narrativa grotesca, a un crimen sin resolver, Isidro Burgos, Ayotzinapa. Su presencia nos regresó al presente, a la sangre que todavía no ha coagulado, al cuerpo sin vida que sigue tibio, porque tan solo han pasado cuatro años. La sensación de solemnidad se completó con la aclaración en una de las inscripciones, “nos faltan 43, nos faltan miles”. Y eso duele, conmueve, da rabia. Pero al mismo tiempo, el paso firme de las cientos de compañeras normalistas formadas en líneas, tomadas de la mano y que acompañaban a coro el grito de sus camaradas hombres, hacía que la piel de cualquiera se pusiera de gallina y el impacto se matizara de entusiasmo, el ánimo se acrecentaba, la esperanza realmente parecía sincera y perpetua. Ellas, si todo va bien, en el futuro serán maestras en alguna escuela y una de sus mantas resumía esta expectativa: “Alumno de diez, seguro maestro; alumno de cero, seguro granadero”.
Otras demandas se fusionaban con el recuerdo de los cincuenta años. Los machetes y sombreros de ala ancha recordaban el repudio a la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, situación vigente y polémica en el 2018 y que llevaba en automático a la memoria de los lamentables hechos de Atenco, otro capítulo de la fuerza pública utilizada en contra de la gente. No faltó la lona reciclada de la marcha de hacía pocos días, sostenida por tres estudiantes y que exigía “Fuera Porros de la UNAM”, demanda tan válida ayer en el 68 como en 2018. Otras causas menos conocidas también marchaban, dos jóvenes de tez morena mantenían una pinta que llamaba a unirse al boicot de no consumir frutas de la marca “Driscoll’s”. Una búsqueda rápida en la internet daba luz sobre el asunto, según información del periódico La Jornada BC, en una nota de Silvia Chávez González del 08 de agosto de 2017,  se trataba de una empresa estadounidense que ha explotado a los trabajadores del Valle de San Quintín en Baja California y del Estado de México, una empresa que no da a sus trabajadores ni prestaciones ni salario digno. Otra causa surgida de la explotación y el desfalco hace presencia y nos hacía acordarnos que en el medio del Aeropuerto Internacional, el actual, ese que ya les urge cerrar, todavía siguen en pie de lucha los trabajadores de Mexicana de Aviación. Y entre esas luchas diversas aparecieron también los miembros del Sindicato Mexicano de Electricistas y las tarifas de la luz que nunca bajaron de precio. Los sindicalistas portaban sus lienzos blanquísimos sobre los que se dibujaba la línea gruesa de las siglas del sindicato, el puño en lo alto, y el peso rojo de los rayos que representan la energía eléctrica.
Los indígenas del país también estaban presentes, ya fuera en grupos enormes como el de la Comunidad Indígena Otomí o en solitario con alguna pancarta en su lengua o alguna gráfica de referencia Zapatista. Un grupo de mujeres portaban orgullosas vestidos típicos de alguna etnia que no sé reconocer, danzaban al ritmo de la melodía que hacían algunos de sus compañeros hombres con un violín, un flauta pequeña y un pandero. Una de esas mujeres ataviadas con vestido, no bailaba pues llevaba una niña de cuatro o cinco años en brazos que no dejaba de llorar.
Unos pasos más atrás, dos pequeños, un niño y una niña, sujetaban la parte inferior de una lona que rezaba, por enésima vez, que el dos de octubre no se olvida. La pequeña portaba un sombrero rojo adornado con un listón de bolitas, una blusa azul, licras multicolores y tenis, lleva atado al cuello un muñeco de esos de la serie “Mi pequeño Pony”. Su, ¿hermano?, lleva a su vez una camiseta decorada con los personajes de una de esas series de animación extranjera que pasan por cable. Sus padres, sujetaban la parte alta de la lona, él con tatuajes en los brazos, ella con el morral multicolor y el paliacate al cuello. Así, a la marcha también se iba en familia, porque a veces ese es el mejor contingente que te puede acompañar, la vuelta de tuerca a la familia nuclear.
El sol de las cinco de la tarde recibió a los estudiantes de hoy, el pan que pronto saldrá del horno como dijo Violeta Parra. La acústica se tornó entonces familiar, “yo me sé esa rima” me cuento a mí misma, conozco la respuesta a esa consigna, la tonadita no ha cambiado en veinte años. Las distintas facultades, escuelas, bachilleratos, prepas, prepas populares, ceceaches, vocacionales, normales, posgrados y hasta prepas y universidades privadas, eran parte de la serpiente cuyo frente ya daba vuelta en la calle Cinco de Mayo. Chapingo es la primera de las escuelas que abre marcha con un grupo nutrido de jóvenes, mantas, lonas, pancartas y voces. También marchan los diversos sindicatos de trabajadores de las diferentes casas de estudio y los grupos de maestros de esas universidades y preparatorias. Algunos tomaron la precaución de marcar, mediante lazos de tendedero o de otro tipo, el límite de su contingente para evitar a los infiltrados, a la camorra porril, esos agitadores que son capaces de mimetizarse entre la banda y con sus acciones desprestigiar al movimiento o encender la mecha de la violencia. Uno de esos conjuntos muy bien delimitados era el del colegio privado Madrid, en donde una joven de anteojos y baja estatura levanta en lo alto su consigna escrita sobre una cartulina blanca “Somos los nietxs del 68, hijxs del 68, hermanxs de los 43”. Más atrás, la masa del CCH Oriente lleva una maqueta en cartón pintado de verde de una tanqueta que emula a las verdaderas que estuvieron en la plaza de las Tres Culturas hace cincuenta años. Tuvieron que empujar esa tanqueta de cartón por la subida que sale de la boca del paso a desnivel de Garibaldi y desde la distancia aquello parecía un trabajo pesado pues se intuía que debajo del cartón había alguna estructura de un material más sólido y pesado que requería que de cuatro a cinco muchachos se fundieran en ese esfuerzo. El paso del CCH elevó los ánimos, la juventud parecía hacer más liviana la carga del triste recuerdo, la creatividad se volcó de múltiples formas como el muchacho que, a falta de pancarta, portaba la camiseta blanca con las siglas del servicio militar obligatorio manchada con pintura roja en alusión al resultado de cuando el Estado utiliza la fuerza pública para reprimir a los jóvenes. Y en estos grupos de estudiantes abundan las mochilas y los morrales, como si en ellos se guardaran no solo los útiles y cuadernos sino la esperanza colectiva de un país que todavía puede decir, pese a todo, que hay futuro.
La Facultad de Ciencias fue a la primera que vimos hacer el gesto particular de detenerse por completo en la boca del paso a desnivel, justo antes de entrar en la luz, hacían la cuenta de los cuarenta y tres y luego del grito ¡justicia!, corrían en desbandada divertida por los metros libres de la calle que habían quedado luego de la pausa. Ese rito fue replicado por varios contingentes más como veterinaria y medicina que, con bata blanca y todo, nos regresaron a todos los que mirábamos a la niñez. El paso a desnivel parecía gritar como un moustro vivo mientras se acercaban a su salida los contingentes de Filosofía y Letras de la UNAM y la Facultad de “Polacas”. El grito de miles de gargantas lozanas colmaba el ambiente que de por si era escandaloso debido al estruendo que hacían los helicópteros que volaban bajo y vigilaban el paso de la memoria. Por el contrario, unos solo marchaban en silencio, otros a coro cantaban muy bien entonados (los de la Nacional de Música), algunos hasta concierto de jarana o ska traían. Uno de los contingentes del IPN destacaba por eso, por su banda musical, los músicos todos vestidos de negro, uno que otro con el pasamontañas del mismo color, y entre ese luto elegante destacaba el metal dorado de sus cornetas, trompetas, trompas, trombones y saxofones. Detrás iban las bailarinas y los malabaristas para completar el gozo y la fiesta, porque 1968 no solo fue sangre sino también baile, alegría y celebración. Metros a la zaga, iban otros músicos que hacían el ritmo solo con caracoles, cascabeles, panderos de membranas y pequeños tambores, las mujeres llevaban faldas de danza, blusas, pañoletas y paliacates en colores alegres. Entre el ritmo sus sonrisas, su juventud y su baile.
Las cámaras digitales y algunas cámaras de vídeo profesionales, pero principalmente los teléfonos móviles, registraban en vídeo o foto todos los hechos, un tipo de producción que a la “prensa vendida” y al gobierno autoritario de 1968 hubiera hecho entrar en pánico. Algunos de estos camarógrafos improvisados se las daban de audaces pues caminaban de espaldas, sin dejar levantar en lo alto su teléfono para registrar el paso de lo que les había llamado la atención, de lo que consideraban importante grabar. En estos tiempos un Servando Gonzáles hubiese resultado inútil.
Algunos compañeros se apeaban al costado de la calle, quizás para tomar la foto del contingente, llamar o textear en el WhatsApp o el Telegram para encontrar a alguien, quizás simplemente para descansar las piernas y echarse un cigarro. Sacaban la botella de agua de la bolsa, charlaban con él o la de al lado, miraban el arte engomado en las paredes y en todas las pausas, la reflexión sobre el momento que se vivía, parecía reflejarse en todos los rostros de expresión extraviada.
En el contingente alborozado de la Prepa 7, un camión de redilas lleva sobre su caja una cabeza de papel maché horrenda de que representa al no menos horrendo presidente de aquel entonces, Díaz Ordaz. El furgón lleva paso lento y esa lentitud parece una metáfora de la lucha social y de la consigna que lleva sobre un costado y que decía: “nuestra lucha no claudicará jamás”. En el mismo grupo de la prepa, el color purpura se mezclaba con el resto de los colores, era la marca de las feministas que con sus pañuelos, blusas y banderolas en ese color demostraban que no solo están cuando de sus causas particulares se trata, que es una mentira y difamación aquello de que viven en guerra contra los hombres, pues de lo contrario no marcharían hoy mezcladas con ellos.
Los conjuntos de gente no solo pertenecen a la Ciudad de México, la rebelión no está centralizada, varios contingentes de escuelas del interior del país pasan lista. Uno de esos es el de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y su manta que rezaba una frase atribuida al Che Guevara, presente en texto casi tanto como en imagen, “seremos la pesadilla de quienes pretenden arrebatarnos los sueños”. Detrás del contingente de la UdeG circulaba un ómnibus de carrocería blanca que seguramente transportó y regresaría a los estudiantes a Guadalajara, comprobación inequívoca de que la marcha no había comenzado a las cuatro de la tarde, que en algunos lugares había empezado mucho antes, quizás con días de antelación.
El contingente de la UdeG sirvió para para acordarse que también el 68 se extendió a otras universidades y escuelas al interior del país que encontraron también el cerco de la represión, de esos esfuerzos se habla poco. También es frecuente pensar que muertos solo hubo el dos de octubre, lo cierto es que los hubo en las tomas de otras escuelas, en particular en las de las tomas de la UNAM y del Caso de Santo Tomás, donde los estudiantes defendían las instalaciones como si fueran tropa del General Anaya en el ex-convento de Churubusco o de José María Morelos en pleno sitio de Cuautla, a mano limpia, con palos, piedras y bombas molotov. Detenidos y torturas también hubo antes del dos de octubre, en fin que el 68 no solo es lo que pasó el dos de octubre.
Y los de muy afuera también acompañaban, porque sus luchas son del mismo tono. Así, las banderas de Venezuela, Nicaragua, Argentina, España o Ecuador caminaban entre la gente. Los nicaragüenses afirmaban, manta mediante, que Nicaragua sería libre, como decía Sandino, y daban datos acerca de su situación: más de cuatrocientas personas asesinadas, más de trescientos cincuenta presos políticos. Así como la generalidad, otros extranjeros iban solos, una chica ataviada con el velo musulmán y un chico de cabello rubio y piel blanquísima, caminaban a un costado de las mujeres de las normales rurales.
El contingente de la hoy Facultad de Arte y Diseño, me mereció especial atención pues la sangre llama, aunque cuando la que escribe estaba enrolada en esa institución esta se llamaba de otra forma y era escuela y no facultad; pero era desde entonces, el faro de la gráfica en cada marcha. Las mantas, pancartas y obras pasajeras sobre cartulinas de grano grueso y poco precio, se preparaban desde días antes y en los mismos salones y patios de la entonces escuela, se trabaja en equipo, por grupo o generación. Algunos maestros no solo dejaban usar su salón sino a veces hasta material y su conocimiento otorgaban. Y en cada marcha del dos de octubre lo pictórico salía también a caminar. En esta ocasión, la manta que abría calle era de color negro y llevaba escrito un poema entre cuyas letras aparecían diseños que aludían al pasado prehispánico en tonos de purpura. A las mantas y lonas del frente de grupo se agregaron carteles en gama monocromática, montadas sobre palos, con el tema de 1968; a veces, palabras como “autoritarismo” o frases como “nos siguen matando” completaban el mensaje. Uno de los carteles mostraba una fotografía del edificio de la Rectoría de la UNAM y su explanada llena de estudiantes que protestaban en 1968. En otra, a manera de Tzompantli, se representaban una serie de cráneos entre los que se alternan las fechas de las matanzas de Aguas Blancas, Acteal, Ayotzinapa y Tlatelolco, al parecer por falta de espacio no se incluían las del 10 de junio de 1971 y la del 7 de julio de 1952, además de las más recientes como Tlayaya y Nochistlán. Otro cartel representaba fechas de cambios más sinuosos, 1520, 1810, 1857 y 1910. Sobre una cartulina de casi tres metros otros estudiantes representaron los edificios de Tlatelolco, esos diseñados por Mario Pani, y dibujaron el cadáver de un joven que yacía sobre la plaza atravesado por las balas del infame Batallón Olimpia. Abundaban además los aros olímpicos intervenidos y la representación de tanques y cascos de tropa. Sobre un mástil improvisado, una banderola en color naranja intenso contrastaba con el blanco y negro del resto del paisaje gráfico. Los estudiantes iban vestidos como todos los demás pero su gráfica los destacaba. Sus semblantes de veinteañeros, sus puños en alto y todas las voces unidas en respuesta a quién portaba el megáfono para que la consigna se elevara al cielo y así, sonido y gráfica, se fundían. En el frente de este grupo había muchos más fotógrafos que en cualquier otro, se trataba de los propios compañeros pues en la Facultad, la fotografía es parte fundamental de lo que se enseña; incluso una joven levantaba un micrófono profesional de ambiente, con este registraba toda la atmósfera de esa tarde, quizás para un audiovisual.
Además, desde un día anterior a la marcha la Facultad de Artes y Diseño se había apropiado del paso a desnivel de Garibaldi y sobre sus muros habían trabajado una serie de murales monumentales pero efímeros. Las firmas de tales obras, las siglas de la FAD, estaban escritas, como correspondía, con pintura en aerosol. Finalmente, a la zaga de los estudiantes de artes y diseño, dos mantas enormes abiertas a todo lo ancho de la calle rezaban el estribillo de la más famosa de las canciones de protesta en América Latina “qué vivan los estudiantes”, y sí, qué vivan.

 

lunes, 8 de octubre de 2018

El contingente ciclista



A las tres de la tarde con diez minutos el contingente esperaba en el punto pactado, al pie del sólido basamento de la estatua de Francisco Villa, en el lado oeste del parque que todo mundo llama de Los Venados, pero que en realidad lleva el nombre del líder de la División del Norte. Ese sitio es colindante a la delegación Benito Juárez y su explanada de concreto; está delimitado de este a oeste por las avenidas Dr. Vértiz y División del Norte que corren de Norte a Sur. A pocas calles estaba el Eje Central, avenida que “sube” hasta el Centro Histórico y hasta Tlatelolco.
El cielo daba señales, mediante sus nubarrones grises y el viento ligero, de que quería llover esa tarde como hacía cincuenta años, pero no había frío y tampoco los soldados estaban sueltos por las calles; de hecho, todavía se sentía un leve rastro del calor del medio día y uno que otro oficinista regresaba con prisa a su puesto, luego de extender un poco el bendito pero insuficiente descanso para el almuerzo. El prado del parque estaba tranquilo, casi vacío, no había niños, ni perros con correa, ni vendedores de globos y eso era de esperarse pues era un simple día martes y no un domingo en ebullición infantil y canina. Sin embargo, incluso en los rostros de la poca gente que caminaba por el parque, en el del oficinista que regresaba con prisa y en el del vendedor de alegrías y palanquetas, se podía percibir que aquella tarde era especial; que, en efecto, permanecía en la memoria a pesar del paso de los años… cincuenta años, medio siglo. Es en ese contexto de evocación de la tragedia, que aguardaba sosegado el contingente.
La última vez que se había reunido el contingente había sido en ocasión de las protestas por el caso Ayotzinapa en el año de 2014. Desde las marchas del año 2012, las bicicletas se contaban por docenas, fácilmente había más de doscientos participantes en cada evento al que el contingente se congregaba a rodar. En esos tiempos menos lejanos, la reunión se programaba en distintos puntos de la ciudad y, luego de recorrer las avenidas más importantes de camino a la marcha, en medio de gritos de consignas y cláxones furibundos, el contingente irrumpía generoso entre vítores de los caminantes a los que respondía alegremente el agudo sonido de las campanillas cleteras. El contingente  se unía al pelotón que marchaba a pie y eso ocasionó la alegría. ¡Ciclista consciente se une al contingente!, era el grito que animaba y te hacía pensar que otro mundo mejor era realmente posible.
Sin embargo, hoy, a cincuenta años exactos del asesinato por parte del Estado mexicano de los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el contingente ciclista no podía considerarse numeroso; ni siquiera flaco o escaso pues era más precisamente miserable. Ni siquiera porque esperamos más allá de lo necesario para poder llegar a tiempo a la cita, cuatro de la tarde en Tlatelolco, pudimos ser más de diez personas. El mimeógrafo de la era digital que eran las redes sociales, había fallado. Lo cierto es que la convocatoria también se había lanzado bastante tarde, como si luego de cincuenta años de aguardo, algo pudiera tener retardo. Cinco guerreros y tres amazonas fue la cuota que comenzó a rodar ese día luego de una desanimada espera.
La punta del grupo la llevaba un guerrero de esos de experiencia que montaba una de ruta en color azul celeste de cuadro ligero. Era un veterano de varios recorridos, respetuoso del protocolo de llevar casco pero que depositaba su seguridad, su vida e integridad, en su evidente habilidad sobre las dos ruedas. Esa sapiencia compensaba su silencio y seriedad, y te hacía sentirte confiada de querer ir con él hasta el mismísimo fin del mundo.
El guerrero iba acompañado del chico diligente, un treintañero que no usaba casco ni guantes, llevaba unos vaqueros y su bicicleta all mountain se miraba vieja y descuidada. De hecho, rechinaba al rodar y el porta termo estaba flojo. Su aspecto lejano del estereotipo de ciclista solo era engañoso, el tipo sabía rodar y sus lentes oscuros completaban su imagen audaz y al mismo tiempo quijotesca.
A su lado comandaba el Profesor. Sepa dios qué materia daba en la UAM el Profesor, pero nos hablaba con calma y claridad y todos atinábamos a escuchar. El Profesor explicó la ruta y esbozó la forma en que se conduciría el contingente, reglas que ya todos sabíamos pero que era prudente que se dijeran siempre. Sobre su cruiser en color negro y de aspecto vetusto pero correoso, el Profesor sonreía a pesar de la poca asistencia.
La Rosa Luxemburgo del grupo montaba una híbrida y era la única que llevaba una gráfica alusiva a lo que ese día se conmemoraba: sobre su espalda, dibujada en una cartulina fluorescente rosa, se leía claramente el número 68, y la rúbrica debajo del número rezaba, también de forma clara, que no se olvida. Llevaba el típico atuendo de ciclista que va con la intensión de rodar muchos kilómetros y parecía ser la única curiosa en saber algo más de los otros miembros del grupo pues, hay que informarlo, a lo sumo solo nos conocimos de vista, ni siquiera sabíamos nuestros nombres.
El Comandante de la tropa era un hombre ya entrado en años, de mostacho y complexión robusta, bicicleta obrera en color verde, de esas que sirven para el trabajo y están muy lejos de la lamentable ola hipster que se subió a la bicicleta desde hace una década. Sin duda, aquel ser rodaba por la ciudad desde los tiempos en que al ciclista de rutina le valía madres eso de que los automovilistas deben dejar al menos un metro de espacio entre su automóvil y la bicicleta cuando la rebasan. Aun así la modernidad lo había alcanzado, llevaba casco, una barato pero al fin uno.
Fui imprecisa al decir el número exacto de los miembros que componían nuestra expedición, me faltó apuntar que al quinto hombre le acompañaba un canino de pelaje color marrón, era un sabueso socarrón de actitud nerviosa y asustadiza. El quinto hombre era un candoroso ciclista montado en una cross country color negro, que a todos lados miraba siempre con una sonrisa, de inmediato te dabas cuenta que un tipo así, que amaba a los perros y se subía a la bici, no podía estar fuera de un contingente ciclista. Además, al quinto y a su canino, los acompañaba una chica de cuerpo menudo, bici holandesa y que llevaba uno de esos chalecos fluorescentes que, al menos en teoría, evitan que algún automovilista te arrolle bajo la excusa de “esque no la vi”.
El Comandante era sin duda el único que ya estaba en este planeta en el año 1968 pues el Profesor no se miraba tan viejo, apenas entraba en los cuarenta. El resto del contingente era de una generación que se había enterado por otros acerca de la infamia; quizás éramos de esos que habían llorado de rabia en la última escena de Rojo Amanecer y, con honesta incomprensión, preguntamos a nuestros padres o demás adultos cómo era posible que aquella traición se hubiese permitido pasar. No sé si alguno, todos o ninguno, habían leído los textos de Poniatowska, Monsiváis o los periféricos de rigor, si en su primer semestre de la prepa o de la universidad habían participado en una marcha del dos de octubre o si, más temprano, en una de esas tardes, habían visto algún autobús secuestrado por estudiantes que gritaban ¡no se olvida! en su paso por las avenidas de la ciudad. Nadie sabía, pero todos estábamos ahí.
Finalmente, el “todos” lo completábamos yo y el “elemento cultural agregado”, el hijo de las estepas rusas de nombre Kirill, con su cabello ensortijado a la Bob Ross (incluía el tono pelirrojo) y actitud fascinada por todo lo que había visto de esa locura de ciudad sobre un lago. Kirill era un visitante que llevaba apenas unos días en suelo mexicano y viajaba “a dedo” por el territorio nacional, siempre alejado de los espacios asignados para el turismo internacional pues él era un viajero, un trotamundos, incluso un vago, antes que un turista. Solo de Kirill se podía estar seguro de que poco sabía sobre los detalles de lo ocurrido el dos de octubre de 1968 en México. Por supuesto, conocía por los libros las referencias al Mayo Francés, el Black Power y el descontento contra la Guerra de Vietnam en E.U.A., el asalto soviético en los otros países del Este y, vagamente, sobre lo ocurrido en algunos países como Chile o el mismo México. El mismo me había dicho que los días previos había explorado por su cuenta el material existente sobre el tema en YouTube, material que hoy en día es abundante, pero al cual le faltan piezas para tener completo el rompecabezas.
Y esos fuimos los que empezamos, ese era el contingente o, al menos, su tímido pero entusiasta intento. Cruzamos el parque de Los Venados por sus andadores semivacíos hasta la avenida de Dr. Vértiz. Esa avenida, con su estrecho camellón de palmas, solo la atravesamos pues el recorrido derivó hasta el Eje Central por la calle de Víctor Hugo. En la esquina antes mencionada fue evidente que nuestro acompañante canino no iba a poder hacer todo el recorrido amarrado detrás de la bicicleta de su amo. El quinto hombre entonces sacó una especie de bolsa para bebés que se ató al torso y ahí puso al compañero de cuatro patas.
Continuamos por el Eje Central, siempre por el carril de extrema derecha para evitar la línea confinada para el trolebús. Quienes hayan rodado por esta avenida comprenderán que las boyas que separan el carril de los trolebuses del resto, son molestas y peligrosas para los ciclistas. Además, el carril del trolebús no es lo suficientemente ancho para el paso seguro de los herederos de los tranvías y las bicicletas con las que se supone deben compartir el espacio. Por eso la decisión de rodar por la línea derecha extrema del flujo de automóviles.
El paso de la rodada era tranquilo, los automovilistas no ofrecían señas de querer pelear. Antes de llegar al cruce con Xola el contingente debió hacer una larga pausa. El quinto hombre y el compañero canino se habían rezagado bastante. Resultó que el can estaba sumamente inquieto y no se quedaba quieto, quería salirse en todo momento de la bolsa. Por ello, el quinto hombre experimentó varios tipos de amarres de esa bolsa que parecía más un rebozo, pero el compañero canino no quedaba nunca satisfecho. Entonces, la chica que llevaba un chaleco fluorescente ofreció llevar al compañero canino en la canastilla delantera de su bici. Y eso solo funcionó en conjunto con un cambio de bicicleta, la chica se subió a la del quinto hombre y este usó la de la chica. El compañero canino no fue dejado atrás, esa era una de las máximas, nadie se queda atrás. A pesar del enorme retardo que significó transportar al compañero canino, la decisión fue no separarnos de él y de su amo.
En esa espera, cercana como ya se ha dicho a la altura de Xola, fue que apareció una integrante más del grupo: la Estudiante. La Estudiante apareció por el Eje Central y reconoció al contingente, específicamente conocía al Profesor. Cuando nos vio detenidos sobre la banqueta se alegró y saludó efusivamente al Profesor. Llevaba un uniforme escolar color azul rey, de esos de falda y calcetas blancas. Su bicicleta era elegante, una tipo trecking, y comentó que su retardo se había debido justamente a sus actividades en la escuela. Mientras unos ayudaban al compañero canino y otros observábamos el paso cansino de los automóviles por la antes avenida del Niño Perdido, la estudiante se cambió de ropa y se puso unos vaqueros y una blusa con estampado de flores, el uniforme lo puso en las alforjas traseras de su bicicleta y estuvo lista para continuar la rodasd mucho antes de que compañero canino viera resuelto su dilema.
Y el camino continuó, dejamos atrás el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes con sus murales de rocas de colores y su historia de tragedia sísmica. Cruzamos el Viaducto Río de la Piedad y entramos a los dominios de la Colonia Obrera. A la altura del metro Lázaro Cárdenas se hizo nuevamente una pausa pues la bicicleta del ruso Kirill tuvo una descompostura mecánica en su freno delantero. Kirill no era un experto en rodadas ni en bicicletas, así que le ofrecí la mía que estaba en perfectas condiciones y tomé la suya. Yo pude rodar con mayor habilidad aún con el freno delantero deshabilitado, pues nos fue imposible ajustarlo y rosaba el aro de la rueda lo cual frenaba la bicicleta. Hasta esa zona, el Eje Central parecía el de siempre, muchos automóviles y sus eternos semáforos. Nosotros, el contingente, éramos el único elemento extraño en aquellos primeros kilómetros. Los automovilistas nos otorgaron su indiferencia, una buena cualidad que era sin duda preferible a sus vituperios y el ruido de sus bocinas como escape para sus frustraciones. Sin embargo, a la altura de la Calzada Chabacano apareció el primer corte a la circulación policiaco. Una cinta amarilla y una fila de uniformados de la dirección de tránsito hacían las veces de muro para los automovilistas que tenían que desviarse, si o si, rumbo al oeste por la Avenida Chabacano. Los peatones y las bicicletas era lo único a los que les era permitido el paso.
De esta forma el escenario cambió, incluso las nubes de lluvia dejaron el cielo y el sol comenzó a volver calurosa la tarde. El Eje Central estaba casi desierto de automóviles y solo circulaban por este los que se incorporaban por las calles perpendiculares con las que hacía cruce después de la barricada.
Uno de esos cruces era el de la Avenida Dr. Río de la Loza, en donde los policías se esmeraban en mantener el tránsito fluido ante la rabia de los automovilistas que no podían ingresar a Eje Central. En ese punto, ya se nos habían agregado más ciclistas al contingente. Una chica en una fixie en color oscuro, un chavo en una irreverente bici reclinada, un adolescente en una BMX, y un hombre en una bici de ruta. Este último, en el cruce citado resbaló al serpentear las carrocerías de los automóviles casi detenidos en el tráfico y cayó al suelo de manera fea. Una anciana cruzaba por las cebras le preguntó si estaba bien y el tipo respondió, todavía con dolor pero con ánimo conciliador con el universo, ―sí, estoy bien. Me caí solo.
Luego de ese cruce, el contingente ingresó al mundo surrealista que significa una avenida completamente clausurada al tráfico vehicular. Los peatones reclamaban con prestancia el espacio que los automóviles les habían usurpado hacía ya muchos años, caminaban solos o en grupos por la calle recuperada. El colmo de la libertad lo representaron los trabajadores de las plazas comerciales que rodeaban a Eje Central en la zona del centro, con un emocionante partido de fútbol con el pavimento del eje como cancha. Uno de los jugadores nos gritó a nuestro paso ―¡Cuidado!, ¡No ven que estamos jugando! ―nunca hubo reclamo más bello sobre Eje Central que ese del improvisado futbolista.
El contingente también se dedicó, en esos metros de libre recorrido, a disfrutar de la calle sin automóviles, la utopía ciclista en toda su posible extensión. Zigzagueamos a todo lo ancho del eje vial con la sonrisa de quien regresa a ser un niño pequeño, por un momento olvidamos que estábamos en ese recorrido por motivos que tenían más que ver con la sangre, balas y bayonetas que con el gozo por ser jóvenes. Era una reacción natural de quienes ruedan casi cada día sobre Ciudad de México y tragan el humo de los escapes de los autos, soportan la omnipotente actitud de poder absoluto de los automovilistas, y driblan a la muerte en cada esquina, en cada espacio diminuto entre carriles y hasta en las ciclovías ganadas a la lógica barata del progreso y que se supone deberían ser seguras. Una avenida libre, tan ancha como lo es Eje Central, en esa ciudad donde rodar significa arriesgar la vida, era una fiesta para nuestro contingente.
A la altura del cruce con Madero, al pie de la Latinoamericana, con el Palacio de Bellas Artes como testigo, el contingente ciclista debió bajarse de la bicicleta porque una serie de personas, principalmente adultos con cámaras fotográficas, formaban una especie de valla humana que parecía prepararse para el paso de un desfile. Cualquiera pensaría, por el nivel de organización, que se trataba del desfile militar de cada dieciséis de septiembre, pero ese muro hermosamente improvisado por los propios mirones se debía a que dentro de pocos minutos pasaría por ahí la gran marcha de la conmemoración de los cincuenta años del 68. El contingente, que a veces caminaba, a veces rodaba sobre la bici, se abrió paso por entre la gente que formaba esa muralla humana y luego por entre la gente que andaba sobre la avenida, la cual ya nunca volvimos a encontrarla vacía. La efervescencia de la multitud comenzaba a sentirse. Los policías habían quedado atrás, solamente los helicópteros sobrevolaban a modo de vigilantes junto a los modernos drones.
Fue entonces que, a la altura del paso a desnivel que Eje Central debe de hacer para cruzar avenida Reforma, nos encontramos con la cabeza de la marcha. Con la vista rendimos honor a los viejos que nos habían abierto la puerta de la libertad en 1968, a esos supervivientes a los que les debíamos un mundo. El deseo de observar ese caminar que cumplía cincuenta años nos obligó a apostarnos sobre la baranda de concreto pintada de amarillo del paso a desnivel de Garibaldi. Ese breve túnel vial hizo las veces de una gran boca de la que parecían emerger las consignas de los que ya caminaban. Eran las cuatro ya pasadas, habíamos llegado tarde por nuestros imprevistos y la paciencia con nuestro compañero canino, pero todo había valido la pena. El sentimiento del deber cumplido nos abrazó cuando el quinto hombre, con el can todavía en su regazo como si fuera un niño pequeño, comenzó, desde su lugar sobre la baranda, a guiar los cantos de los diversos contingentes que marchaban frente a nuestros ojos.
―¡Zapata vive! ―gritaba el quinto hombre.
Y la muchedumbre respondía:
―¡La lucha sigue!
Fue nuestro momento heroico como contingente minoritario. De haber perdido la paciencia hubiéramos dejado al quinto hombre y a su can atrás y nos hubiésemos perdido de ese pequeño asomo de protagonismo. A los demás, que no teníamos una voz portentosa como la del quinto hombre, nos quedó el mirar gustos o acompañar con el chillido estridente de nuestras campanillas de bicicleta. El corazón no tuvo límites sobre aquella baranda de eje vial que servía de cauce a la marea que bajaba de Tlatelolco.
Luego de casi una hora, el Profesor nos dijo que éramos libres, nuestra agregación como contingente había acabado; él y la Estudiante se unirían al grupo uamero (el de la Universidad Autónoma Metropolitana, UAM). La Rosa Luxemburgo se decantó por ir con ellos. El Guerrero y el Diligente partieron rumbo a la Plaza de las Tres Culturas. El Comandante se quedó sobre la baranda un poco de tiempo más, tenía brillosos los ojos evidencia de la emoción. Kirill y yo permanecimos mirando aquella marea de gente. Lo que vimos lo trataré de describir a continuación…