lunes, 8 de octubre de 2018

El contingente ciclista



A las tres de la tarde con diez minutos el contingente esperaba en el punto pactado, al pie del sólido basamento de la estatua de Francisco Villa, en el lado oeste del parque que todo mundo llama de Los Venados, pero que en realidad lleva el nombre del líder de la División del Norte. Ese sitio es colindante a la delegación Benito Juárez y su explanada de concreto; está delimitado de este a oeste por las avenidas Dr. Vértiz y División del Norte que corren de Norte a Sur. A pocas calles estaba el Eje Central, avenida que “sube” hasta el Centro Histórico y hasta Tlatelolco.
El cielo daba señales, mediante sus nubarrones grises y el viento ligero, de que quería llover esa tarde como hacía cincuenta años, pero no había frío y tampoco los soldados estaban sueltos por las calles; de hecho, todavía se sentía un leve rastro del calor del medio día y uno que otro oficinista regresaba con prisa a su puesto, luego de extender un poco el bendito pero insuficiente descanso para el almuerzo. El prado del parque estaba tranquilo, casi vacío, no había niños, ni perros con correa, ni vendedores de globos y eso era de esperarse pues era un simple día martes y no un domingo en ebullición infantil y canina. Sin embargo, incluso en los rostros de la poca gente que caminaba por el parque, en el del oficinista que regresaba con prisa y en el del vendedor de alegrías y palanquetas, se podía percibir que aquella tarde era especial; que, en efecto, permanecía en la memoria a pesar del paso de los años… cincuenta años, medio siglo. Es en ese contexto de evocación de la tragedia, que aguardaba sosegado el contingente.
La última vez que se había reunido el contingente había sido en ocasión de las protestas por el caso Ayotzinapa en el año de 2014. Desde las marchas del año 2012, las bicicletas se contaban por docenas, fácilmente había más de doscientos participantes en cada evento al que el contingente se congregaba a rodar. En esos tiempos menos lejanos, la reunión se programaba en distintos puntos de la ciudad y, luego de recorrer las avenidas más importantes de camino a la marcha, en medio de gritos de consignas y cláxones furibundos, el contingente irrumpía generoso entre vítores de los caminantes a los que respondía alegremente el agudo sonido de las campanillas cleteras. El contingente  se unía al pelotón que marchaba a pie y eso ocasionó la alegría. ¡Ciclista consciente se une al contingente!, era el grito que animaba y te hacía pensar que otro mundo mejor era realmente posible.
Sin embargo, hoy, a cincuenta años exactos del asesinato por parte del Estado mexicano de los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el contingente ciclista no podía considerarse numeroso; ni siquiera flaco o escaso pues era más precisamente miserable. Ni siquiera porque esperamos más allá de lo necesario para poder llegar a tiempo a la cita, cuatro de la tarde en Tlatelolco, pudimos ser más de diez personas. El mimeógrafo de la era digital que eran las redes sociales, había fallado. Lo cierto es que la convocatoria también se había lanzado bastante tarde, como si luego de cincuenta años de aguardo, algo pudiera tener retardo. Cinco guerreros y tres amazonas fue la cuota que comenzó a rodar ese día luego de una desanimada espera.
La punta del grupo la llevaba un guerrero de esos de experiencia que montaba una de ruta en color azul celeste de cuadro ligero. Era un veterano de varios recorridos, respetuoso del protocolo de llevar casco pero que depositaba su seguridad, su vida e integridad, en su evidente habilidad sobre las dos ruedas. Esa sapiencia compensaba su silencio y seriedad, y te hacía sentirte confiada de querer ir con él hasta el mismísimo fin del mundo.
El guerrero iba acompañado del chico diligente, un treintañero que no usaba casco ni guantes, llevaba unos vaqueros y su bicicleta all mountain se miraba vieja y descuidada. De hecho, rechinaba al rodar y el porta termo estaba flojo. Su aspecto lejano del estereotipo de ciclista solo era engañoso, el tipo sabía rodar y sus lentes oscuros completaban su imagen audaz y al mismo tiempo quijotesca.
A su lado comandaba el Profesor. Sepa dios qué materia daba en la UAM el Profesor, pero nos hablaba con calma y claridad y todos atinábamos a escuchar. El Profesor explicó la ruta y esbozó la forma en que se conduciría el contingente, reglas que ya todos sabíamos pero que era prudente que se dijeran siempre. Sobre su cruiser en color negro y de aspecto vetusto pero correoso, el Profesor sonreía a pesar de la poca asistencia.
La Rosa Luxemburgo del grupo montaba una híbrida y era la única que llevaba una gráfica alusiva a lo que ese día se conmemoraba: sobre su espalda, dibujada en una cartulina fluorescente rosa, se leía claramente el número 68, y la rúbrica debajo del número rezaba, también de forma clara, que no se olvida. Llevaba el típico atuendo de ciclista que va con la intensión de rodar muchos kilómetros y parecía ser la única curiosa en saber algo más de los otros miembros del grupo pues, hay que informarlo, a lo sumo solo nos conocimos de vista, ni siquiera sabíamos nuestros nombres.
El Comandante de la tropa era un hombre ya entrado en años, de mostacho y complexión robusta, bicicleta obrera en color verde, de esas que sirven para el trabajo y están muy lejos de la lamentable ola hipster que se subió a la bicicleta desde hace una década. Sin duda, aquel ser rodaba por la ciudad desde los tiempos en que al ciclista de rutina le valía madres eso de que los automovilistas deben dejar al menos un metro de espacio entre su automóvil y la bicicleta cuando la rebasan. Aun así la modernidad lo había alcanzado, llevaba casco, una barato pero al fin uno.
Fui imprecisa al decir el número exacto de los miembros que componían nuestra expedición, me faltó apuntar que al quinto hombre le acompañaba un canino de pelaje color marrón, era un sabueso socarrón de actitud nerviosa y asustadiza. El quinto hombre era un candoroso ciclista montado en una cross country color negro, que a todos lados miraba siempre con una sonrisa, de inmediato te dabas cuenta que un tipo así, que amaba a los perros y se subía a la bici, no podía estar fuera de un contingente ciclista. Además, al quinto y a su canino, los acompañaba una chica de cuerpo menudo, bici holandesa y que llevaba uno de esos chalecos fluorescentes que, al menos en teoría, evitan que algún automovilista te arrolle bajo la excusa de “esque no la vi”.
El Comandante era sin duda el único que ya estaba en este planeta en el año 1968 pues el Profesor no se miraba tan viejo, apenas entraba en los cuarenta. El resto del contingente era de una generación que se había enterado por otros acerca de la infamia; quizás éramos de esos que habían llorado de rabia en la última escena de Rojo Amanecer y, con honesta incomprensión, preguntamos a nuestros padres o demás adultos cómo era posible que aquella traición se hubiese permitido pasar. No sé si alguno, todos o ninguno, habían leído los textos de Poniatowska, Monsiváis o los periféricos de rigor, si en su primer semestre de la prepa o de la universidad habían participado en una marcha del dos de octubre o si, más temprano, en una de esas tardes, habían visto algún autobús secuestrado por estudiantes que gritaban ¡no se olvida! en su paso por las avenidas de la ciudad. Nadie sabía, pero todos estábamos ahí.
Finalmente, el “todos” lo completábamos yo y el “elemento cultural agregado”, el hijo de las estepas rusas de nombre Kirill, con su cabello ensortijado a la Bob Ross (incluía el tono pelirrojo) y actitud fascinada por todo lo que había visto de esa locura de ciudad sobre un lago. Kirill era un visitante que llevaba apenas unos días en suelo mexicano y viajaba “a dedo” por el territorio nacional, siempre alejado de los espacios asignados para el turismo internacional pues él era un viajero, un trotamundos, incluso un vago, antes que un turista. Solo de Kirill se podía estar seguro de que poco sabía sobre los detalles de lo ocurrido el dos de octubre de 1968 en México. Por supuesto, conocía por los libros las referencias al Mayo Francés, el Black Power y el descontento contra la Guerra de Vietnam en E.U.A., el asalto soviético en los otros países del Este y, vagamente, sobre lo ocurrido en algunos países como Chile o el mismo México. El mismo me había dicho que los días previos había explorado por su cuenta el material existente sobre el tema en YouTube, material que hoy en día es abundante, pero al cual le faltan piezas para tener completo el rompecabezas.
Y esos fuimos los que empezamos, ese era el contingente o, al menos, su tímido pero entusiasta intento. Cruzamos el parque de Los Venados por sus andadores semivacíos hasta la avenida de Dr. Vértiz. Esa avenida, con su estrecho camellón de palmas, solo la atravesamos pues el recorrido derivó hasta el Eje Central por la calle de Víctor Hugo. En la esquina antes mencionada fue evidente que nuestro acompañante canino no iba a poder hacer todo el recorrido amarrado detrás de la bicicleta de su amo. El quinto hombre entonces sacó una especie de bolsa para bebés que se ató al torso y ahí puso al compañero de cuatro patas.
Continuamos por el Eje Central, siempre por el carril de extrema derecha para evitar la línea confinada para el trolebús. Quienes hayan rodado por esta avenida comprenderán que las boyas que separan el carril de los trolebuses del resto, son molestas y peligrosas para los ciclistas. Además, el carril del trolebús no es lo suficientemente ancho para el paso seguro de los herederos de los tranvías y las bicicletas con las que se supone deben compartir el espacio. Por eso la decisión de rodar por la línea derecha extrema del flujo de automóviles.
El paso de la rodada era tranquilo, los automovilistas no ofrecían señas de querer pelear. Antes de llegar al cruce con Xola el contingente debió hacer una larga pausa. El quinto hombre y el compañero canino se habían rezagado bastante. Resultó que el can estaba sumamente inquieto y no se quedaba quieto, quería salirse en todo momento de la bolsa. Por ello, el quinto hombre experimentó varios tipos de amarres de esa bolsa que parecía más un rebozo, pero el compañero canino no quedaba nunca satisfecho. Entonces, la chica que llevaba un chaleco fluorescente ofreció llevar al compañero canino en la canastilla delantera de su bici. Y eso solo funcionó en conjunto con un cambio de bicicleta, la chica se subió a la del quinto hombre y este usó la de la chica. El compañero canino no fue dejado atrás, esa era una de las máximas, nadie se queda atrás. A pesar del enorme retardo que significó transportar al compañero canino, la decisión fue no separarnos de él y de su amo.
En esa espera, cercana como ya se ha dicho a la altura de Xola, fue que apareció una integrante más del grupo: la Estudiante. La Estudiante apareció por el Eje Central y reconoció al contingente, específicamente conocía al Profesor. Cuando nos vio detenidos sobre la banqueta se alegró y saludó efusivamente al Profesor. Llevaba un uniforme escolar color azul rey, de esos de falda y calcetas blancas. Su bicicleta era elegante, una tipo trecking, y comentó que su retardo se había debido justamente a sus actividades en la escuela. Mientras unos ayudaban al compañero canino y otros observábamos el paso cansino de los automóviles por la antes avenida del Niño Perdido, la estudiante se cambió de ropa y se puso unos vaqueros y una blusa con estampado de flores, el uniforme lo puso en las alforjas traseras de su bicicleta y estuvo lista para continuar la rodasd mucho antes de que compañero canino viera resuelto su dilema.
Y el camino continuó, dejamos atrás el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes con sus murales de rocas de colores y su historia de tragedia sísmica. Cruzamos el Viaducto Río de la Piedad y entramos a los dominios de la Colonia Obrera. A la altura del metro Lázaro Cárdenas se hizo nuevamente una pausa pues la bicicleta del ruso Kirill tuvo una descompostura mecánica en su freno delantero. Kirill no era un experto en rodadas ni en bicicletas, así que le ofrecí la mía que estaba en perfectas condiciones y tomé la suya. Yo pude rodar con mayor habilidad aún con el freno delantero deshabilitado, pues nos fue imposible ajustarlo y rosaba el aro de la rueda lo cual frenaba la bicicleta. Hasta esa zona, el Eje Central parecía el de siempre, muchos automóviles y sus eternos semáforos. Nosotros, el contingente, éramos el único elemento extraño en aquellos primeros kilómetros. Los automovilistas nos otorgaron su indiferencia, una buena cualidad que era sin duda preferible a sus vituperios y el ruido de sus bocinas como escape para sus frustraciones. Sin embargo, a la altura de la Calzada Chabacano apareció el primer corte a la circulación policiaco. Una cinta amarilla y una fila de uniformados de la dirección de tránsito hacían las veces de muro para los automovilistas que tenían que desviarse, si o si, rumbo al oeste por la Avenida Chabacano. Los peatones y las bicicletas era lo único a los que les era permitido el paso.
De esta forma el escenario cambió, incluso las nubes de lluvia dejaron el cielo y el sol comenzó a volver calurosa la tarde. El Eje Central estaba casi desierto de automóviles y solo circulaban por este los que se incorporaban por las calles perpendiculares con las que hacía cruce después de la barricada.
Uno de esos cruces era el de la Avenida Dr. Río de la Loza, en donde los policías se esmeraban en mantener el tránsito fluido ante la rabia de los automovilistas que no podían ingresar a Eje Central. En ese punto, ya se nos habían agregado más ciclistas al contingente. Una chica en una fixie en color oscuro, un chavo en una irreverente bici reclinada, un adolescente en una BMX, y un hombre en una bici de ruta. Este último, en el cruce citado resbaló al serpentear las carrocerías de los automóviles casi detenidos en el tráfico y cayó al suelo de manera fea. Una anciana cruzaba por las cebras le preguntó si estaba bien y el tipo respondió, todavía con dolor pero con ánimo conciliador con el universo, ―sí, estoy bien. Me caí solo.
Luego de ese cruce, el contingente ingresó al mundo surrealista que significa una avenida completamente clausurada al tráfico vehicular. Los peatones reclamaban con prestancia el espacio que los automóviles les habían usurpado hacía ya muchos años, caminaban solos o en grupos por la calle recuperada. El colmo de la libertad lo representaron los trabajadores de las plazas comerciales que rodeaban a Eje Central en la zona del centro, con un emocionante partido de fútbol con el pavimento del eje como cancha. Uno de los jugadores nos gritó a nuestro paso ―¡Cuidado!, ¡No ven que estamos jugando! ―nunca hubo reclamo más bello sobre Eje Central que ese del improvisado futbolista.
El contingente también se dedicó, en esos metros de libre recorrido, a disfrutar de la calle sin automóviles, la utopía ciclista en toda su posible extensión. Zigzagueamos a todo lo ancho del eje vial con la sonrisa de quien regresa a ser un niño pequeño, por un momento olvidamos que estábamos en ese recorrido por motivos que tenían más que ver con la sangre, balas y bayonetas que con el gozo por ser jóvenes. Era una reacción natural de quienes ruedan casi cada día sobre Ciudad de México y tragan el humo de los escapes de los autos, soportan la omnipotente actitud de poder absoluto de los automovilistas, y driblan a la muerte en cada esquina, en cada espacio diminuto entre carriles y hasta en las ciclovías ganadas a la lógica barata del progreso y que se supone deberían ser seguras. Una avenida libre, tan ancha como lo es Eje Central, en esa ciudad donde rodar significa arriesgar la vida, era una fiesta para nuestro contingente.
A la altura del cruce con Madero, al pie de la Latinoamericana, con el Palacio de Bellas Artes como testigo, el contingente ciclista debió bajarse de la bicicleta porque una serie de personas, principalmente adultos con cámaras fotográficas, formaban una especie de valla humana que parecía prepararse para el paso de un desfile. Cualquiera pensaría, por el nivel de organización, que se trataba del desfile militar de cada dieciséis de septiembre, pero ese muro hermosamente improvisado por los propios mirones se debía a que dentro de pocos minutos pasaría por ahí la gran marcha de la conmemoración de los cincuenta años del 68. El contingente, que a veces caminaba, a veces rodaba sobre la bici, se abrió paso por entre la gente que formaba esa muralla humana y luego por entre la gente que andaba sobre la avenida, la cual ya nunca volvimos a encontrarla vacía. La efervescencia de la multitud comenzaba a sentirse. Los policías habían quedado atrás, solamente los helicópteros sobrevolaban a modo de vigilantes junto a los modernos drones.
Fue entonces que, a la altura del paso a desnivel que Eje Central debe de hacer para cruzar avenida Reforma, nos encontramos con la cabeza de la marcha. Con la vista rendimos honor a los viejos que nos habían abierto la puerta de la libertad en 1968, a esos supervivientes a los que les debíamos un mundo. El deseo de observar ese caminar que cumplía cincuenta años nos obligó a apostarnos sobre la baranda de concreto pintada de amarillo del paso a desnivel de Garibaldi. Ese breve túnel vial hizo las veces de una gran boca de la que parecían emerger las consignas de los que ya caminaban. Eran las cuatro ya pasadas, habíamos llegado tarde por nuestros imprevistos y la paciencia con nuestro compañero canino, pero todo había valido la pena. El sentimiento del deber cumplido nos abrazó cuando el quinto hombre, con el can todavía en su regazo como si fuera un niño pequeño, comenzó, desde su lugar sobre la baranda, a guiar los cantos de los diversos contingentes que marchaban frente a nuestros ojos.
―¡Zapata vive! ―gritaba el quinto hombre.
Y la muchedumbre respondía:
―¡La lucha sigue!
Fue nuestro momento heroico como contingente minoritario. De haber perdido la paciencia hubiéramos dejado al quinto hombre y a su can atrás y nos hubiésemos perdido de ese pequeño asomo de protagonismo. A los demás, que no teníamos una voz portentosa como la del quinto hombre, nos quedó el mirar gustos o acompañar con el chillido estridente de nuestras campanillas de bicicleta. El corazón no tuvo límites sobre aquella baranda de eje vial que servía de cauce a la marea que bajaba de Tlatelolco.
Luego de casi una hora, el Profesor nos dijo que éramos libres, nuestra agregación como contingente había acabado; él y la Estudiante se unirían al grupo uamero (el de la Universidad Autónoma Metropolitana, UAM). La Rosa Luxemburgo se decantó por ir con ellos. El Guerrero y el Diligente partieron rumbo a la Plaza de las Tres Culturas. El Comandante se quedó sobre la baranda un poco de tiempo más, tenía brillosos los ojos evidencia de la emoción. Kirill y yo permanecimos mirando aquella marea de gente. Lo que vimos lo trataré de describir a continuación…

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