A las tres de la tarde con diez
minutos el contingente esperaba en el punto pactado, al pie del sólido
basamento de la estatua de Francisco Villa, en el lado oeste del parque que
todo mundo llama de Los Venados, pero que en realidad lleva el nombre del líder
de la División del Norte. Ese sitio es colindante a la delegación Benito Juárez
y su explanada de concreto; está delimitado de este a oeste por las avenidas
Dr. Vértiz y División del Norte que corren de Norte a Sur. A pocas calles
estaba el Eje Central, avenida que “sube” hasta el Centro Histórico y hasta
Tlatelolco.
El cielo daba señales, mediante
sus nubarrones grises y el viento ligero, de que quería llover esa tarde como
hacía cincuenta años, pero no había frío y tampoco los soldados estaban sueltos
por las calles; de hecho, todavía se sentía un leve rastro del calor del medio
día y uno que otro oficinista regresaba con prisa a su puesto, luego de
extender un poco el bendito pero insuficiente descanso para el almuerzo. El
prado del parque estaba tranquilo, casi vacío, no había niños, ni perros con
correa, ni vendedores de globos y eso era de esperarse pues era un simple día
martes y no un domingo en ebullición infantil y canina. Sin embargo, incluso en
los rostros de la poca gente que caminaba por el parque, en el del oficinista
que regresaba con prisa y en el del vendedor de alegrías y palanquetas, se
podía percibir que aquella tarde era especial; que, en efecto, permanecía en la
memoria a pesar del paso de los años… cincuenta años, medio siglo. Es en ese
contexto de evocación de la tragedia, que aguardaba sosegado el contingente.
La última vez que se había
reunido el contingente había sido en ocasión de las protestas por el caso
Ayotzinapa en el año de 2014. Desde las marchas del año 2012, las bicicletas se
contaban por docenas, fácilmente había más de doscientos participantes en cada
evento al que el contingente se congregaba a rodar. En esos tiempos menos
lejanos, la reunión se programaba en distintos puntos de la ciudad y, luego de
recorrer las avenidas más importantes de camino a la marcha, en medio de gritos
de consignas y cláxones furibundos, el contingente irrumpía generoso entre
vítores de los caminantes a los que respondía alegremente el agudo sonido de
las campanillas cleteras. El
contingente se unía al pelotón que
marchaba a pie y eso ocasionó la alegría. ¡Ciclista consciente se une al
contingente!, era el grito que animaba y te hacía pensar que otro mundo mejor
era realmente posible.
Sin embargo, hoy, a
cincuenta años exactos del asesinato por parte del Estado mexicano de los
estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, el contingente
ciclista no podía considerarse numeroso; ni siquiera flaco o escaso pues era
más precisamente miserable. Ni siquiera porque esperamos más allá de lo
necesario para poder llegar a tiempo a la cita, cuatro de la tarde en
Tlatelolco, pudimos ser más de diez personas. El mimeógrafo de la era digital
que eran las redes sociales, había fallado. Lo cierto es que la convocatoria
también se había lanzado bastante tarde, como si luego de cincuenta años de
aguardo, algo pudiera tener retardo. Cinco guerreros y tres amazonas fue la cuota
que comenzó a rodar ese día luego de una desanimada espera.
La punta del grupo la
llevaba un guerrero de esos de experiencia que montaba una de ruta en color
azul celeste de cuadro ligero. Era un veterano de varios recorridos, respetuoso
del protocolo de llevar casco pero que depositaba su seguridad, su vida e
integridad, en su evidente habilidad sobre las dos ruedas. Esa sapiencia
compensaba su silencio y seriedad, y te hacía sentirte confiada de querer ir
con él hasta el mismísimo fin del mundo.
El guerrero iba
acompañado del chico diligente, un treintañero que no usaba casco ni guantes,
llevaba unos vaqueros y su bicicleta all
mountain se miraba vieja y descuidada. De hecho, rechinaba al rodar y el
porta termo estaba flojo. Su aspecto lejano del estereotipo de ciclista solo
era engañoso, el tipo sabía rodar y sus lentes oscuros completaban su imagen
audaz y al mismo tiempo quijotesca.
A su lado comandaba
el Profesor. Sepa dios qué materia daba en la UAM el Profesor, pero nos hablaba
con calma y claridad y todos atinábamos a escuchar. El Profesor explicó la ruta
y esbozó la forma en que se conduciría el contingente, reglas que ya todos
sabíamos pero que era prudente que se dijeran siempre. Sobre su cruiser en color negro y de aspecto
vetusto pero correoso, el Profesor sonreía a pesar de la poca asistencia.
La Rosa Luxemburgo
del grupo montaba una híbrida y era la única que llevaba una gráfica alusiva a
lo que ese día se conmemoraba: sobre su espalda, dibujada en una cartulina
fluorescente rosa, se leía claramente el número 68, y la rúbrica debajo del
número rezaba, también de forma clara, que no se olvida. Llevaba el típico
atuendo de ciclista que va con la intensión de rodar muchos kilómetros y
parecía ser la única curiosa en saber algo más de los otros miembros del grupo
pues, hay que informarlo, a lo sumo solo nos conocimos de vista, ni siquiera
sabíamos nuestros nombres.
El Comandante de la
tropa era un hombre ya entrado en años, de mostacho y complexión robusta,
bicicleta obrera en color verde, de esas que sirven para el trabajo y están muy
lejos de la lamentable ola hipster que se subió a la bicicleta
desde hace una década. Sin duda, aquel ser rodaba por la ciudad desde los
tiempos en que al ciclista de rutina le valía madres eso de que los
automovilistas deben dejar al menos un metro de espacio entre su automóvil y la
bicicleta cuando la rebasan. Aun así la modernidad lo había alcanzado, llevaba
casco, una barato pero al fin uno.
Fui imprecisa al
decir el número exacto de los miembros que componían nuestra expedición, me
faltó apuntar que al quinto hombre le acompañaba un canino de pelaje color
marrón, era un sabueso socarrón de actitud nerviosa y asustadiza. El quinto
hombre era un candoroso ciclista montado en una cross country color negro, que a todos lados miraba siempre con una
sonrisa, de inmediato te dabas cuenta que un tipo así, que amaba a los perros y
se subía a la bici, no podía estar fuera de un contingente ciclista. Además, al
quinto y a su canino, los acompañaba una chica de cuerpo menudo, bici holandesa
y que llevaba uno de esos chalecos fluorescentes que, al menos en teoría,
evitan que algún automovilista te arrolle bajo la excusa de “esque no la vi”.
El Comandante era sin
duda el único que ya estaba en este planeta en el año 1968 pues el Profesor no
se miraba tan viejo, apenas entraba en los cuarenta. El resto del contingente
era de una generación que se había enterado por otros acerca de la infamia;
quizás éramos de esos que habían llorado de rabia en la última escena de Rojo
Amanecer y, con honesta incomprensión, preguntamos a nuestros padres o demás
adultos cómo era posible que aquella traición se hubiese permitido pasar. No sé
si alguno, todos o ninguno, habían leído los textos de Poniatowska, Monsiváis o
los periféricos de rigor, si en su primer semestre de la prepa o de la
universidad habían participado en una marcha del dos de octubre o si, más
temprano, en una de esas tardes, habían visto algún autobús secuestrado por
estudiantes que gritaban ¡no se olvida! en su paso por las avenidas de la
ciudad. Nadie sabía, pero todos estábamos ahí.
Finalmente, el
“todos” lo completábamos yo y el “elemento cultural agregado”, el hijo de las
estepas rusas de nombre Kirill, con su cabello ensortijado a la Bob Ross
(incluía el tono pelirrojo) y actitud fascinada por todo lo que había visto de
esa locura de ciudad sobre un lago. Kirill era un visitante que llevaba apenas
unos días en suelo mexicano y viajaba “a dedo” por el territorio nacional,
siempre alejado de los espacios asignados para el turismo internacional pues él
era un viajero, un trotamundos, incluso un vago, antes que un turista. Solo de Kirill
se podía estar seguro de que poco sabía sobre los detalles de lo ocurrido el
dos de octubre de 1968 en México. Por supuesto, conocía por los libros las
referencias al Mayo Francés, el Black
Power y el descontento contra la Guerra de Vietnam en E.U.A., el asalto
soviético en los otros países del Este y, vagamente, sobre lo ocurrido en
algunos países como Chile o el mismo México. El mismo me había dicho que los
días previos había explorado por su cuenta el material existente sobre el tema
en YouTube, material que hoy en día es abundante, pero al cual le faltan piezas
para tener completo el rompecabezas.
Y esos fuimos los que
empezamos, ese era el contingente o, al menos, su tímido pero entusiasta
intento. Cruzamos el parque de Los Venados por sus andadores semivacíos hasta
la avenida de Dr. Vértiz. Esa avenida, con su estrecho camellón de palmas, solo
la atravesamos pues el recorrido derivó hasta el Eje Central por la calle de
Víctor Hugo. En la esquina antes mencionada fue evidente que nuestro
acompañante canino no iba a poder hacer todo el recorrido amarrado detrás de la
bicicleta de su amo. El quinto hombre entonces sacó una especie de bolsa para
bebés que se ató al torso y ahí puso al compañero de cuatro patas.
Continuamos por el
Eje Central, siempre por el carril de extrema derecha para evitar la línea
confinada para el trolebús. Quienes hayan rodado por esta avenida comprenderán
que las boyas que separan el carril de los trolebuses del resto, son molestas y
peligrosas para los ciclistas. Además, el carril del trolebús no es lo
suficientemente ancho para el paso seguro de los herederos de los tranvías y
las bicicletas con las que se supone deben compartir el espacio. Por eso la
decisión de rodar por la línea derecha extrema del flujo de automóviles.
El paso de la rodada
era tranquilo, los automovilistas no ofrecían señas de querer pelear. Antes de
llegar al cruce con Xola el contingente debió hacer una larga pausa. El quinto
hombre y el compañero canino se habían rezagado bastante. Resultó que el can estaba
sumamente inquieto y no se quedaba quieto, quería salirse en todo momento de la
bolsa. Por ello, el quinto hombre experimentó varios tipos de amarres de esa bolsa
que parecía más un rebozo, pero el compañero canino no quedaba nunca satisfecho.
Entonces, la chica que llevaba un chaleco fluorescente ofreció llevar al
compañero canino en la canastilla delantera de su bici. Y eso solo funcionó en
conjunto con un cambio de bicicleta, la chica se subió a la del quinto hombre y
este usó la de la chica. El compañero canino no fue dejado atrás, esa era una
de las máximas, nadie se queda atrás. A pesar del enorme retardo que significó
transportar al compañero canino, la decisión fue no separarnos de él y de su
amo.
En esa espera,
cercana como ya se ha dicho a la altura de Xola, fue que apareció una
integrante más del grupo: la Estudiante. La Estudiante apareció por el Eje
Central y reconoció al contingente, específicamente conocía al Profesor. Cuando
nos vio detenidos sobre la banqueta se alegró y saludó efusivamente al Profesor.
Llevaba un uniforme escolar color azul rey, de esos de falda y calcetas
blancas. Su bicicleta era elegante, una tipo trecking, y comentó que su retardo se había debido justamente a sus
actividades en la escuela. Mientras unos ayudaban al compañero canino y otros
observábamos el paso cansino de los automóviles por la antes avenida del Niño
Perdido, la estudiante se cambió de ropa y se puso unos vaqueros y una blusa
con estampado de flores, el uniforme lo puso en las alforjas traseras de su
bicicleta y estuvo lista para continuar la rodasd mucho antes de que compañero
canino viera resuelto su dilema.
Y el camino continuó,
dejamos atrás el edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes con
sus murales de rocas de colores y su historia de tragedia sísmica. Cruzamos el
Viaducto Río de la Piedad y entramos a los dominios de la Colonia Obrera. A la
altura del metro Lázaro Cárdenas se hizo nuevamente una pausa pues la bicicleta
del ruso Kirill tuvo una descompostura mecánica en su freno delantero. Kirill
no era un experto en rodadas ni en bicicletas, así que le ofrecí la mía que
estaba en perfectas condiciones y tomé la suya. Yo pude rodar con mayor
habilidad aún con el freno delantero deshabilitado, pues nos fue imposible
ajustarlo y rosaba el aro de la rueda lo cual frenaba la bicicleta. Hasta esa
zona, el Eje Central parecía el de siempre, muchos automóviles y sus eternos
semáforos. Nosotros, el contingente, éramos el único elemento extraño en
aquellos primeros kilómetros. Los automovilistas nos otorgaron su indiferencia,
una buena cualidad que era sin duda preferible a sus vituperios y el ruido de
sus bocinas como escape para sus frustraciones. Sin embargo, a la altura de la
Calzada Chabacano apareció el primer corte a la circulación policiaco. Una
cinta amarilla y una fila de uniformados de la dirección de tránsito hacían las
veces de muro para los automovilistas que tenían que desviarse, si o si, rumbo
al oeste por la Avenida Chabacano. Los peatones y las bicicletas era lo único a
los que les era permitido el paso.
De esta forma el
escenario cambió, incluso las nubes de lluvia dejaron el cielo y el sol comenzó
a volver calurosa la tarde. El Eje Central estaba casi desierto de automóviles y
solo circulaban por este los que se incorporaban por las calles perpendiculares
con las que hacía cruce después de la barricada.
Uno de esos cruces
era el de la Avenida Dr. Río de la Loza, en donde los policías se esmeraban en
mantener el tránsito fluido ante la rabia de los automovilistas que no podían
ingresar a Eje Central. En ese punto, ya se nos habían agregado más ciclistas
al contingente. Una chica en una fixie
en color oscuro, un chavo en una irreverente bici reclinada, un adolescente en
una BMX, y un hombre en una bici de ruta. Este último, en el cruce citado resbaló
al serpentear las carrocerías de los automóviles casi detenidos en el tráfico y
cayó al suelo de manera fea. Una anciana cruzaba por las cebras le preguntó si
estaba bien y el tipo respondió, todavía con dolor pero con ánimo conciliador
con el universo, ―sí, estoy bien. Me caí solo.
Luego de ese
cruce, el contingente ingresó al mundo surrealista que significa una avenida
completamente clausurada al tráfico vehicular. Los peatones reclamaban con
prestancia el espacio que los automóviles les habían usurpado hacía ya muchos
años, caminaban solos o en grupos por la calle recuperada. El colmo de la
libertad lo representaron los trabajadores de las plazas comerciales que
rodeaban a Eje Central en la zona del centro, con un emocionante partido de
fútbol con
el pavimento del eje como cancha. Uno de los jugadores nos gritó a nuestro paso
―¡Cuidado!, ¡No ven que estamos jugando! ―nunca hubo reclamo más bello
sobre Eje Central que ese del improvisado futbolista.
El
contingente también se dedicó, en esos metros de libre recorrido, a disfrutar
de la calle sin automóviles, la utopía ciclista en toda su posible extensión.
Zigzagueamos a todo lo ancho del eje vial con la sonrisa de quien regresa a ser
un niño pequeño, por un momento olvidamos que estábamos en ese recorrido por motivos
que tenían más que ver con la sangre, balas y bayonetas que con el gozo por ser
jóvenes. Era una reacción natural de quienes ruedan casi cada día sobre Ciudad
de México y tragan el humo de los escapes de los autos, soportan la omnipotente
actitud de poder absoluto de los automovilistas, y driblan a la muerte en cada
esquina, en cada espacio diminuto entre carriles y hasta en las ciclovías
ganadas a la lógica barata del progreso y que se supone deberían ser seguras.
Una avenida libre, tan ancha como lo es Eje Central, en esa ciudad donde rodar
significa arriesgar la vida, era una fiesta para nuestro contingente.
A la altura
del cruce con Madero, al pie de la Latinoamericana, con el Palacio de Bellas
Artes como testigo, el contingente ciclista debió bajarse de la bicicleta
porque una serie de personas, principalmente adultos con cámaras fotográficas,
formaban una especie de valla humana que parecía prepararse para el paso de un
desfile. Cualquiera pensaría, por el nivel de organización, que se trataba del
desfile militar de cada dieciséis de septiembre, pero ese muro hermosamente
improvisado por los propios mirones se debía a que dentro de pocos minutos
pasaría por ahí la gran marcha de la conmemoración de los cincuenta años del 68.
El contingente, que a veces caminaba, a veces rodaba sobre la bici, se abrió
paso por entre la gente que formaba esa muralla humana y luego por entre la
gente que andaba sobre la avenida, la cual ya nunca volvimos a encontrarla
vacía. La efervescencia de la multitud comenzaba a sentirse. Los policías
habían quedado atrás, solamente los helicópteros sobrevolaban a modo de
vigilantes junto a los modernos drones.
Fue entonces
que, a la altura del paso a desnivel que Eje Central debe de hacer para cruzar
avenida Reforma, nos encontramos con la cabeza de la marcha. Con la vista
rendimos honor a los viejos que nos habían abierto la puerta de la libertad en
1968, a esos supervivientes a los que les debíamos un mundo. El deseo de
observar ese caminar que cumplía cincuenta años nos obligó a apostarnos sobre
la baranda de concreto pintada de amarillo del paso a desnivel de Garibaldi.
Ese breve túnel vial hizo las veces de una gran boca de la que parecían emerger
las consignas de los que ya caminaban. Eran las cuatro ya pasadas, habíamos
llegado tarde por nuestros imprevistos y la paciencia con nuestro compañero
canino, pero todo había valido la pena. El sentimiento del deber cumplido nos
abrazó cuando el quinto hombre, con el can todavía en su regazo como si fuera
un niño pequeño, comenzó, desde su lugar sobre la baranda, a guiar los cantos
de los diversos contingentes que marchaban frente a nuestros ojos.
―¡Zapata
vive! ―gritaba el quinto hombre.
Y la
muchedumbre respondía:
―¡La lucha
sigue!
Fue nuestro
momento heroico como contingente minoritario. De haber perdido la paciencia
hubiéramos dejado al quinto hombre y a su can atrás y nos hubiésemos perdido de
ese pequeño asomo de protagonismo. A los demás, que no teníamos una voz
portentosa como la del quinto hombre, nos quedó el mirar gustos o acompañar con
el chillido estridente de nuestras campanillas de bicicleta. El corazón no tuvo
límites sobre aquella baranda de eje vial que servía de cauce a la marea que
bajaba de Tlatelolco.
Luego de
casi una hora, el Profesor nos dijo que éramos libres, nuestra agregación como
contingente había acabado; él y la Estudiante se unirían al grupo uamero (el de la Universidad Autónoma
Metropolitana, UAM). La Rosa Luxemburgo se decantó por ir con ellos. El
Guerrero y el Diligente partieron rumbo a la Plaza de las Tres Culturas. El
Comandante se quedó sobre la baranda un poco de tiempo más, tenía brillosos los
ojos evidencia de la emoción. Kirill y yo permanecimos mirando aquella marea de
gente. Lo que vimos lo trataré de describir a continuación…

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