Tan solo nos asomamos por encima de la baranda del
paso a desnivel de Garibaldi, la serpiente multicolor que reptaba lenta desde
la Plaza de las Tres Culturas, se nos presentó. Un autobús equipado con
altavoces era lo que más destacaba en la primera impresión, cual elefante de
algún ejército perdido de la antigüedad llevaba estandartes con consignas en
sus costados que apenas dejaban ver su carrocería blanca. Y luego, la vista se dirigía
casi de inmediato en los protagonistas, la gente que caminaba, el pueblo que
cantaba, la masa que había tomado la calle.
Un abuelo que vestía una camisa negra con el rostro
del Che Guevara impreso, cargaba sobre sus hombros a quién quizás era su nieta,
una niña de no más de diez años de edad que a su vez vestía una blusa de color
rosa, llevaba el cabello lacio impecablemente peinado y portaba una medalla al
cuello, quizás algún premio escolar recibido esa misma mañana. El abuelo tenía
el talante reservado, su quijada recta, la nariz encorvada y su mirada al
frente; la niña iba con los ojos bien abiertos y parecía sumergida en una
aventura. Esa fue la primera estampa que se nos reveló de la serpiente
caminante, una celebración a la memoria, abuelo y nieta caminaban juntos como
comprobación de que no se había olvidado y que no se iba a perdonar jamás.
Los reporteros gráficos descargaban sus cámaras en un
intento por registrarlo todo: los pasos, los rostros, los rótulos, las sonrisas
y los ojos vidriosos ocasionados quizás por el asalto de algún recuerdo de
hacía cincuenta años. Clic tras clic emitían las réflex sin angustia, divinas
ventajas de la era digital, y sus dueños que se esforzaban por no estorbar el
paso de aquella cabeza de movilización. Algunos llevaban al cuello gafetes que
te advertían que eran parte de la prensa formal, otros no llevaban esas
credenciales y se podía pensar lo que fuera de ellos.
Entre la primera columna, marchaba un hombre de
aspecto sexagenario que solo vestía unos vaqueros y una pulcra camiseta en
color blanco sin leyendas ni estampados. Pero ese hombre, que en cualquier día
te hubiera parecido un extra más de la obra que montaba la rutina en la Ciudad
de México, llevaba el brazo levantado y con sus dedos formaba la “V” de la
victoria, señal particular del movimiento del 68 que nos recordaba que no todo
había resultado en tragedia, que el triunfo vino con esos estudiantes y se
instaló en este país de diferentes formas; que también la lucha sigue, que no
ha concluido, que hay todavía pugnas por ganarle a la explotación, la miseria y
el abuso. La “V” de la victoria, tan vigente como ayer y tan necesaria hoy en
día avanzaba sobre el asfalto de la calle.
El tropel que iba al frente de la serpiente estaba
lleno mujeres con el cabello blanco y hombres con la calva al viento; el
caminar tranquilo y los pliegues de la piel en las manos y el rostro de esos
protagonistas patentizaban que lo del 68 nadie se los había contado, que ellos
lo habían experimentado en carne viva. Algunos rostros eran conocidos, quizás
porque se los había visto en algunos documentales sobre el movimiento
estudiantil; pero anónimos o famosos, el porte de esos caminantes generaba
tenerles el máximo de respeto que un alma joven puede dar. Los que observaban
desde la alzapié de la avenida saludaban solemnemente a los que caminaban, el
gesto era correspondido y así, dos generaciones, tres generaciones, no sé
cuántas, se fundían en un solo sentimiento al que no puedo dar solo una sola
palabra para describir en síntesis… memoria, conmemoración, no olvidar,
recordar bien, no dar perdón, no ceder. Las insignias se reconocían hasta de
muy lejos, proliferaban las de la UNAM y el IPN, sus exalumnos avanzaban juntos
otra vez.
Una mujer de cuerpo robusto que llevaba tenis,
vaqueros y una chaqueta con rótulos de la Ruta 66 famosa por las leyendas y
canciones de rock, transportaba un pequeño paraguas atado a su muñeca derecha
por un cordón, en una bolsa de su camisa cargaba una bebida de esas
rehidratantes para deportistas; la maraña de cabello teñida de castaño muy
oscuro la lleva a atada en un chongo de esos que hasta con una pluma Bic se
sostienen por horas y horas sin que un solo cabello escape, sus pómulos amplios
acentuaban su tranquilidad y su caminar calmoso. Sostenía una pancarta que
acusaba al Estado de asesino “Gobierno farsante, tú que matas estudiantes…” y
ese ritmo moroso al marchar demostraba que se guardaba las fuerzas, que iba
lento porque el camino era largo; se notaba la mucha experiencia de lucha en
esa alma.
A otros parecía que el paso del gentío los había
sorprendido en la mitad de su inercia y por alguna razón habían decidido
unirse, quizás ese era el caso de la muchacha que caminaba entre la turba en
compañía de su perro, un criollo de tamaño mediano que, con correa al cuello,
iba al paso de su dueña. Por un momento, mujer y can hicieron una pausa, el
perro apenas si tardó en defecar y la muchacha sacó de la bolsa de su pantalón
un saquito con el que cogió las heces de su acompañante canino. Y presto,
continuaron su paso dentro de la serpiente.
Las sombrillas delataban a los pocos precavidos que
esperaban la lluvia o los rayos de sol implacables. Muchos portaban un sombrero
o una visera que les protegiera la cabeza. Otros exponían la piel cobriza de rostro,
brazos, y en algunos casos hasta la de los hombros, a los rayos del sol como si
de una mañana en Acapulco antes del narco se tratara. Eso sí, zapatos cómodos
por todas partes, solo a algún escapista del mundo godín se le había hecho imposible librarse de los zapatos de
vestir. Un muchacho de corte de cabello en casquete corto, piel mulata y que
vestía una camisa negra, suéter de lana verde y una arracada en la oreja
derecha, llevaba un tenis de la palomita en el pie derecho y un zapato negro
genérico del otro, dos zapatos que no hacían juego. Había pocas faldas, casi
todas las féminas vestíamos vaqueros y blusa, como para que fuera claro que el
68 había dejado también su marca en la moda y en lo que a una le diera la
regalada gana vestir. Las señoras de la concentración se distinguían por las
prendas más casuales y los estampados; las más jóvenes por colores más neutros y
la sencillez de sus trapos entre los que abundaban las chamarras de mezclilla,
los paliacates y los suéteres ligeros. Zapatillas… ni pensarlo. Tampoco había
hombres de saco y corbata, o al menos, los que debían haberlos llevado durante
la mañana, se habían despojado de estos. Destacaban las mujeres que se habían
teñido el cabello en colores extraños como el verde, el rosa o el morado, tonos
que habrían sido la pesadilla de las buenas costumbres en 1968; también
destacaban aquellos que se cubrían el rostro de manera parcial o completa o los
pocos punks que se dejaron ver. Una mujer de mediana edad sorprendía a la vista
pues portaba uno de esos blusones que se les habían visto a las edecanes
durante los Juegos Olímpicos de 1968, portaba aquella manta con elegancia pero
un misterio se abría a la mente de quienes la observábamos, cómo es que tenía
una prenda como esa.
De manera periférica, como moscas que habían
encontrado cadáver, estaban los vendedores de banderitas. Había de la que se
pidiera, las de rigor: IPN y UNAM, en mil variedades y las de la UAM también en
numerosos diseños. Una de las más exitosas fue la de la paloma de los Juegos
Olímpicos en color rojo o la de la bandera de México en color negro y blanco. Las
camisetas con el número 68 estaban en oferta y se vendían tanto como las
camisetas del Che o las de Emiliano Zapata. El comercio caminante también
ofrecía la botella de agua, las alegrías, los chicharrones, las paletas
chupa-pop, los cigarros de la marca de preferencia, las pastillas para abrir la
garganta y las lunetas de chocolate. Un muchacho montado en un triciclo de
carga circulaba entre la muchedumbre, no lleva encendido el altavoz que, de
forma inconfundible hubiera anunciado el producto que ofrecía, pero una
pancarta era suficiente: tamales oaxaqueños.
Otro hombre ofrecía tepache que transporta en un
barril de madera atado a un “diablito” y servía la bebida en vasos de plástico
de esos que generalmente se usan para contener litros de cerveza. A unos metros
apenas del tepache, en otros carritos, se vendían jicaletas y plátanos fritos.
Un señor con una camiseta del equipo de los Pumas, de esas azules con el logo
del puma dorado en el pecho (además del patrocinador de la escuadra), aprovecha
para hacer una escala en la caminata y comer algo. Una vendedora de paletas de
hielo demostraba que hacer dos cosas a la vez era más que posible, al tiempo
que regresaba el cambio por una paleta vendida ondeaba la bandera de la paloma
de la paz herida de muerte, vendedora consiente vende y se une al contingente.
Periféricos también al cuerpo principal de la marcha
iban los pinta paredes. Bote en mano, algunos con la precaución del paliacate
para ocultar el rostro, escribían diestramente recados sobre los muros recios
del paso peatonal de Garibaldi. Uno de esos tipos, aproximadamente de unos
treinta años, camisa de manga larga y que no evitaba mostrar su rostro, escribió
sobre el muro gris “2 de octubre hay mucho que protes…” con una lata de pintura
en azul cobalto. Una niña de aproximadamente doce años y que vestía el uniforme
deportivo de su colegio, lo observaba rayar ese muro. El pinta paredes se
detuvo un momento al escribir la palabra “protestar” pues, al parecer, se
sintió observado, se acercó hasta la pequeña sin terminar la frase, le dijo
algunas palabras que, por la distancia, no escuchamos y le ofreció la lata a la
adolescente. La niña tomó el aerosol y terminó, no sin cierta duda, el trabajo;
escribió: “…testar”. Un chavo más joven, de aspecto más cercano al estereotipo
del grafitero de raza, se acercó a dar más consejos sobre cómo mejorar el trazo
de aquellas letras. Cuando la niña hacía la pinta, al menos cuatro o cinco
personas se acercaron a filmar o fotografiar aquello, cuando una niña de esa
edad desaparece en este país nadie, aparte de su familia, sale a buscarla. Por
la pared nadie se aflija, la limpiarán.
Con el paso de los minutos y de los marchantes, la
horda se diversificaba. Una mujer llevaba una camiseta con el número 68 impreso
en el frente, las letras tenían el estilo tipográfico de las olimpiadas de ese
año, evento que sirvió para lavar la sangre de las escalinatas de la plaza. Sin
embargo, esas olimpiadas también habían dejado legados ejemplares a tono con
los días en los que se desarrollaban, como el saludo del Poder Negro durante la
entrega de medallas de la prueba de los 200 metros planos, con los
estadounidenses Tommie Smith, John Carlos y su aliado blanco, el australiano Peter
Norman quien comparó la segregación racial presente en los Estados Unidos con
la que en su país vivían los aborígenes australianos. Fue la última competencia
oficial de esos tres hombres; por ese acto valiente los expulsaron del deporte
que para ellos era la vida misma. Y la caminata estaba llena de leyendas y
números con el alfabeto de esas olimpiadas, no faltó la paloma de la paz herida
por bayoneta y para esa hora, circulaba por redes sociales, la imagen de la
gráfica del metro Tlatelolco (diseñada por la misma gente que diseñó la gráfica
de la olimpiada) de la línea tres intervenida con hilos de sangre que brotaban
desde tres orificios de bala.
Más atrás, el Che Guevara cedía un poco de espacio a
las máscaras de Guy Fawkes, el número 68 convivía con el 43, pero lo anterior
ocurría sin perder los tonos en guinda, blanco, azul y oro. Luego, como para
romper la simpleza y recordarnos que muchos mundos son posibles, los girones
multicolores del movimiento gay se sumaban al paisaje. Una bandera negra con el
símbolo del anarquismo desfila entre aquellas multicolores y entonces apareció
la reina de las banderas, por su tamaño, diseño y belleza, era la de la
Federación de Estudiantes Socialistas, un enorme lienzo en color rojo con un
puño, el nombre de la organización y las palabras de “libertad”, “juventud” y
“venceremos” en color negro, ocupaba todo lo ancho del eje vial y era extendida
por varios jóvenes, casi todos ellos hombres.
De empuesta a esa mezcla, emanaba por la boca del paso
a desnivel de Garibaldi, el paso severo y la voz afanosa de las normales
rurales, particularmente de esa que hoy da nombre a toda una narrativa
grotesca, a un crimen sin resolver, Isidro Burgos, Ayotzinapa. Su presencia nos
regresó al presente, a la sangre que todavía no ha coagulado, al cuerpo sin
vida que sigue tibio, porque tan solo han pasado cuatro años. La sensación de
solemnidad se completó con la aclaración en una de las inscripciones, “nos
faltan 43, nos faltan miles”. Y eso duele, conmueve, da rabia. Pero al mismo
tiempo, el paso firme de las cientos de compañeras normalistas formadas en
líneas, tomadas de la mano y que acompañaban a coro el grito de sus camaradas
hombres, hacía que la piel de cualquiera se pusiera de gallina y el impacto se matizara
de entusiasmo, el ánimo se acrecentaba, la esperanza realmente parecía sincera
y perpetua. Ellas, si todo va bien, en el futuro serán maestras en alguna
escuela y una de sus mantas resumía esta expectativa: “Alumno de diez, seguro
maestro; alumno de cero, seguro granadero”.
Otras demandas se fusionaban con el recuerdo de los
cincuenta años. Los machetes y sombreros de ala ancha recordaban el repudio a
la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, situación vigente
y polémica en el 2018 y que llevaba en automático a la memoria de los
lamentables hechos de Atenco, otro capítulo de la fuerza pública utilizada en
contra de la gente. No faltó la lona reciclada de la marcha de hacía pocos
días, sostenida por tres estudiantes y que exigía “Fuera Porros de la UNAM”,
demanda tan válida ayer en el 68 como en 2018. Otras causas menos conocidas
también marchaban, dos jóvenes de tez morena mantenían una pinta que llamaba a
unirse al boicot de no consumir frutas de la marca “Driscoll’s”. Una búsqueda
rápida en la internet daba luz sobre el asunto, según información del periódico
La Jornada BC, en una nota de Silvia Chávez González del 08 de agosto de
2017, se trataba de una empresa
estadounidense que ha explotado a los trabajadores del Valle de San Quintín en
Baja California y del Estado de México, una empresa que no da a sus
trabajadores ni prestaciones ni salario digno. Otra causa surgida de la
explotación y el desfalco hace presencia y nos hacía acordarnos que en el medio
del Aeropuerto Internacional, el actual, ese que ya les urge cerrar, todavía
siguen en pie de lucha los trabajadores de Mexicana de Aviación. Y entre esas
luchas diversas aparecieron también los miembros del Sindicato Mexicano de Electricistas
y las tarifas de la luz que nunca bajaron de precio. Los sindicalistas portaban
sus lienzos blanquísimos sobre los que se dibujaba la línea gruesa de las
siglas del sindicato, el puño en lo alto, y el peso rojo de los rayos que
representan la energía eléctrica.
Los indígenas del país también estaban presentes, ya
fuera en grupos enormes como el de la Comunidad Indígena Otomí o en solitario
con alguna pancarta en su lengua o alguna gráfica de referencia Zapatista. Un
grupo de mujeres portaban orgullosas vestidos típicos de alguna etnia que no sé
reconocer, danzaban al ritmo de la melodía que hacían algunos de sus compañeros
hombres con un violín, un flauta pequeña y un pandero. Una de esas mujeres
ataviadas con vestido, no bailaba pues llevaba una niña de cuatro o cinco años
en brazos que no dejaba de llorar.
Unos pasos más atrás, dos pequeños, un niño y una
niña, sujetaban la parte inferior de una lona que rezaba, por enésima vez, que
el dos de octubre no se olvida. La pequeña portaba un sombrero rojo adornado
con un listón de bolitas, una blusa azul, licras multicolores y tenis, lleva
atado al cuello un muñeco de esos de la serie “Mi pequeño Pony”. Su, ¿hermano?,
lleva a su vez una camiseta decorada con los personajes de una de esas series
de animación extranjera que pasan por cable. Sus padres, sujetaban la parte
alta de la lona, él con tatuajes en los brazos, ella con el morral multicolor y
el paliacate al cuello. Así, a la marcha también se iba en familia, porque a
veces ese es el mejor contingente que te puede acompañar, la vuelta de tuerca a
la familia nuclear.
El sol de las cinco de la tarde recibió a los
estudiantes de hoy, el pan que pronto saldrá del horno como dijo Violeta Parra.
La acústica se tornó entonces familiar, “yo me sé esa rima” me cuento a mí
misma, conozco la respuesta a esa consigna, la tonadita no ha cambiado en
veinte años. Las distintas facultades, escuelas, bachilleratos, prepas, prepas
populares, ceceaches, vocacionales, normales, posgrados y hasta prepas y
universidades privadas, eran parte de la serpiente cuyo frente ya daba vuelta
en la calle Cinco de Mayo. Chapingo es la primera de las escuelas que abre
marcha con un grupo nutrido de jóvenes, mantas, lonas, pancartas y voces.
También marchan los diversos sindicatos de trabajadores de las diferentes casas
de estudio y los grupos de maestros de esas universidades y preparatorias. Algunos
tomaron la precaución de marcar, mediante lazos de tendedero o de otro tipo, el
límite de su contingente para evitar a los infiltrados, a la camorra porril, esos agitadores que son capaces de mimetizarse entre la
banda y con sus acciones desprestigiar al movimiento o encender la mecha de la
violencia. Uno de esos conjuntos muy bien delimitados era el del colegio
privado Madrid, en donde una joven de anteojos y baja estatura levanta en lo
alto su consigna escrita sobre una cartulina blanca “Somos los nietxs del 68,
hijxs del 68, hermanxs de los 43”. Más atrás, la masa del CCH Oriente lleva una
maqueta en cartón pintado de verde de una tanqueta que emula a las verdaderas
que estuvieron en la plaza de las Tres Culturas hace cincuenta años. Tuvieron
que empujar esa tanqueta de cartón por la subida que sale de la boca del paso a
desnivel de Garibaldi y desde la distancia aquello parecía un trabajo pesado
pues se intuía que debajo del cartón había alguna estructura de un material más
sólido y pesado que requería que de cuatro a cinco muchachos se fundieran en
ese esfuerzo. El paso del CCH elevó los ánimos, la juventud parecía hacer más
liviana la carga del triste recuerdo, la creatividad se volcó de múltiples
formas como el muchacho que, a falta de pancarta, portaba la camiseta blanca
con las siglas del servicio militar obligatorio manchada con pintura roja en
alusión al resultado de cuando el Estado utiliza la fuerza pública para
reprimir a los jóvenes. Y en estos grupos de estudiantes abundan las mochilas y
los morrales, como si en ellos se guardaran no solo los útiles y cuadernos sino
la esperanza colectiva de un país que todavía puede decir, pese a todo, que hay
futuro.
La Facultad de Ciencias fue a la primera que vimos
hacer el gesto particular de detenerse por completo en la boca del paso a
desnivel, justo antes de entrar en la luz, hacían la cuenta de los cuarenta y
tres y luego del grito ¡justicia!, corrían en desbandada divertida por los
metros libres de la calle que habían quedado luego de la pausa. Ese rito fue
replicado por varios contingentes más como veterinaria y medicina que, con bata
blanca y todo, nos regresaron a todos los que mirábamos a la niñez. El paso a
desnivel parecía gritar como un moustro vivo mientras se acercaban a su salida
los contingentes de Filosofía y Letras de la UNAM y la Facultad de “Polacas”. El
grito de miles de gargantas lozanas colmaba el ambiente que de por si era escandaloso
debido al estruendo que hacían los helicópteros que volaban bajo y vigilaban el
paso de la memoria. Por el contrario, unos solo marchaban en silencio, otros a
coro cantaban muy bien entonados (los de la Nacional de Música), algunos hasta concierto
de jarana o ska traían. Uno de los
contingentes del IPN destacaba por eso, por su banda musical, los músicos todos
vestidos de negro, uno que otro con el pasamontañas del mismo color, y entre
ese luto elegante destacaba el metal dorado de sus cornetas, trompetas,
trompas, trombones y saxofones. Detrás iban las bailarinas y los malabaristas
para completar el gozo y la fiesta, porque 1968 no solo fue sangre sino también
baile, alegría y celebración. Metros a la zaga, iban otros músicos que hacían
el ritmo solo con caracoles, cascabeles, panderos de membranas y pequeños
tambores, las mujeres llevaban faldas de danza, blusas, pañoletas y paliacates
en colores alegres. Entre el ritmo sus sonrisas, su juventud y su baile.
Las cámaras digitales y algunas cámaras de vídeo
profesionales, pero principalmente los teléfonos móviles, registraban en vídeo
o foto todos los hechos, un tipo de producción que a la “prensa vendida” y al
gobierno autoritario de 1968 hubiera hecho entrar en pánico. Algunos de estos
camarógrafos improvisados se las daban de audaces pues caminaban de espaldas,
sin dejar levantar en lo alto su teléfono para registrar el paso de lo que les
había llamado la atención, de lo que consideraban importante grabar. En estos
tiempos un Servando Gonzáles hubiese resultado inútil.
Algunos compañeros se apeaban al costado de la calle,
quizás para tomar la foto del contingente, llamar o textear en el WhatsApp o el Telegram para encontrar a alguien,
quizás simplemente para descansar las piernas y echarse un cigarro. Sacaban la
botella de agua de la bolsa, charlaban con él o la de al lado, miraban el arte engomado
en las paredes y en todas las pausas, la reflexión sobre el momento que se
vivía, parecía reflejarse en todos los rostros de expresión extraviada.
En el contingente alborozado de la
Prepa 7, un camión de redilas lleva sobre su caja una cabeza de papel maché
horrenda de que representa al no menos horrendo presidente de aquel entonces,
Díaz Ordaz. El furgón lleva paso lento y esa lentitud parece una metáfora de la
lucha social y de la consigna que lleva sobre un costado y que decía: “nuestra
lucha no claudicará jamás”. En el mismo grupo de la prepa, el color purpura se
mezclaba con el resto de los colores, era la marca de las feministas que con
sus pañuelos, blusas y banderolas en ese color demostraban que no solo están
cuando de sus causas particulares se trata, que es una mentira y difamación
aquello de que viven en guerra contra los hombres, pues de lo contrario no
marcharían hoy mezcladas con ellos.
Los conjuntos de gente no solo pertenecen a la Ciudad de
México, la rebelión no está centralizada, varios contingentes de escuelas del
interior del país pasan lista. Uno de esos es el de la Universidad de
Guadalajara (UdeG) y su manta que rezaba una frase atribuida al Che Guevara,
presente en texto casi tanto como en imagen, “seremos la pesadilla de quienes
pretenden arrebatarnos los sueños”. Detrás del contingente de la UdeG circulaba
un ómnibus de carrocería blanca que seguramente transportó y regresaría a los
estudiantes a Guadalajara, comprobación inequívoca de que la marcha no había
comenzado a las cuatro de la tarde, que en algunos lugares había empezado mucho
antes, quizás con días de antelación.
El contingente de la UdeG sirvió para para acordarse que
también el 68 se extendió a otras universidades y escuelas al interior del país
que encontraron también el cerco de la represión, de esos esfuerzos se habla
poco. También es frecuente pensar que muertos solo hubo el dos de octubre, lo
cierto es que los hubo en las tomas de otras escuelas, en particular en las de
las tomas de la UNAM y del Caso de Santo Tomás, donde los estudiantes defendían
las instalaciones como si fueran tropa del General Anaya en el ex-convento de
Churubusco o de José María Morelos en pleno sitio de Cuautla, a mano limpia,
con palos, piedras y bombas molotov. Detenidos y torturas también hubo antes
del dos de octubre, en fin que el 68 no solo es lo que pasó el dos de octubre.
Y los de muy afuera también acompañaban, porque sus luchas
son del mismo tono. Así, las banderas de Venezuela, Nicaragua, Argentina, España
o Ecuador caminaban entre la gente. Los nicaragüenses afirmaban, manta mediante,
que Nicaragua sería libre, como decía Sandino, y daban datos acerca de su
situación: más de cuatrocientas personas asesinadas, más de trescientos
cincuenta presos políticos. Así como la generalidad, otros extranjeros iban
solos, una chica ataviada con el velo musulmán y un chico de cabello rubio y
piel blanquísima, caminaban a un costado de las mujeres de las normales
rurales.
El contingente de la hoy Facultad de Arte y Diseño,
me mereció especial atención pues la sangre llama, aunque cuando la que escribe
estaba enrolada en esa institución esta se llamaba de otra forma y era escuela
y no facultad; pero era desde entonces, el faro de la gráfica en cada marcha.
Las mantas, pancartas y obras pasajeras sobre cartulinas de grano grueso y poco
precio, se preparaban desde días antes y en los mismos salones y patios de la
entonces escuela, se trabaja en equipo, por grupo o generación. Algunos
maestros no solo dejaban usar su salón sino a veces hasta material y su
conocimiento otorgaban. Y en cada marcha del dos de octubre lo pictórico salía
también a caminar. En esta ocasión, la manta que abría calle era de color negro
y llevaba escrito un poema entre cuyas letras aparecían diseños que aludían al
pasado prehispánico en tonos de purpura. A las mantas y lonas del frente de
grupo se agregaron carteles en gama monocromática, montadas sobre palos, con el
tema de 1968; a veces, palabras como “autoritarismo” o frases como “nos siguen
matando” completaban el mensaje. Uno de los carteles mostraba una fotografía
del edificio de la Rectoría de la UNAM y su explanada llena de estudiantes que protestaban
en 1968. En otra, a manera de Tzompantli, se representaban una serie de cráneos
entre los que se alternan las fechas de las matanzas de Aguas Blancas, Acteal,
Ayotzinapa y Tlatelolco, al parecer por falta de espacio no se incluían las del
10 de junio de 1971 y la del 7 de julio de 1952, además de las más recientes
como Tlayaya y Nochistlán. Otro cartel representaba fechas de cambios más
sinuosos, 1520, 1810, 1857 y 1910. Sobre una cartulina de casi tres metros
otros estudiantes representaron los edificios de Tlatelolco, esos diseñados por
Mario Pani, y dibujaron el cadáver de un joven que yacía sobre la plaza
atravesado por las balas del infame Batallón Olimpia. Abundaban además los aros
olímpicos intervenidos y la representación de tanques y cascos de tropa. Sobre
un mástil improvisado, una banderola en color naranja intenso contrastaba con
el blanco y negro del resto del paisaje gráfico. Los estudiantes iban vestidos
como todos los demás pero su gráfica los destacaba. Sus semblantes de
veinteañeros, sus puños en alto y todas las voces unidas en respuesta a quién
portaba el megáfono para que la consigna se elevara al cielo y así, sonido y gráfica,
se fundían. En el frente de este grupo había muchos más fotógrafos que en
cualquier otro, se trataba de los propios compañeros pues en la Facultad, la
fotografía es parte fundamental de lo que se enseña; incluso una joven
levantaba un micrófono profesional de ambiente, con este registraba toda la
atmósfera de esa tarde, quizás para un audiovisual.
Además, desde un día anterior a la marcha la Facultad de
Artes y Diseño se había apropiado del paso a desnivel de Garibaldi y sobre sus
muros habían trabajado una serie de murales monumentales pero efímeros. Las
firmas de tales obras, las siglas de la FAD, estaban escritas, como correspondía,
con pintura en aerosol. Finalmente, a la zaga de los estudiantes de artes
y diseño, dos mantas enormes abiertas a todo lo ancho de la calle rezaban el
estribillo de la más famosa de las canciones de protesta en América Latina “qué
vivan los estudiantes”, y sí, qué vivan.

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